Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres causas y efectos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres causas y efectos. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de julio de 2013

El papel de la mujer en la sociedad [literaria] actual

“¿Qué papel juega la mujer en la sociedad actual?”. Esta es una pregunta que inquieta, entre otras cosas, por el uso del singular en los conceptos de “papel”, “mujer” y “sociedad”. Si hay algo que he aprendido en mi experiencia de migrante es que hay que desechar la idea de que existe solo un tipo de mujer, una sociedad y un concepto de lo femenino. Aún al referirse a “la cultura occidental”, lo cual implica excluir a todas las demás culturas, se sigue haciendo referencia a un sinnúmero de grupos sociales, que no tienen más unificación que los conceptos globalizantes que se les intenta imponer a través de la publicidad, la religión y los medios. No es inusual escuchar expresiones que comienzan con “los hombres son”, “las mujeres son”, “los cristianos son”, “la literatura femenina es”, como si se estuviera hablando de conceptos y verdades universales. Eso nos demuestra hasta qué punto hemos interiorizado los papeles que nos han sido designados para reprensentar dentro de la sociedad homogénea imaginaria que, nos dicen, debemos alcanzar. El espacio literario no es la excepción. Mencionaremos aquí algunos ejemplos de estos papeles pre-establecidos para la mujer dentro del ambiente cultural y algunos contra-ejemplos que los cuestionan.

  1. La mujer como musa

    Si hay un papel que no se le discute a la mujer dentro del quehacer literario, es su papel de musa. Pero no como una diosa de la antigua Grecia, poseedora de conocimiento, sino, en su versión más moderna, como objeto del deseo que, por distante, resulta en una inspiradora pasiva de la creación literaria masculina. Si bien es cierto que algunas obras (tanto de mujeres como de hombres e intersexuales) son inspiradas por seres imposibles y por tanto imaginados, se obvia que, en muchos casos, las parejas de los creadores no son siempre simplemente inspiradoras, sino constructoras activas del pensamiento y la creación literaria a través del intercambio intelectual con sus parejas y amigos. Casos como las relaciones creativas de José Batres Montúfar y Pepita García Granados, Bertolt Brecht y Helene Weigel, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs, Luz Méndez de la Vega y Mario Alberto Carrera y muchas otras relaciones amistosas, amatorias o de pareja de la actualidad, son ejemplos de interacción intelectual que se aleja por mucho del aporte pasivo, tanto femenino como masculino.

  2. La mujer como lectora

    Si bien la mujer es reconocida por las grandes editoriales como lectora potencial (o mejor dicho, como consumidora potencial de libros), se le sigue encasillando dentro del grupo de lectores de literatura light, a tal punto, que en algunas librerías se tienen espacios de “literatura femenina” en los que se pueden encontrar toda serie de literatura “kitch”, “chick lit”, revistas “femeninas”, esoteria, libros de consejos religiosos (no de teología seria) y libros de autoayuda. Esta trivialización de los intereses de las lectoras es casi tan peligroso como no darle acceso a la mujer a la lectura en general, ya que al domesticarle el deseo lecturoso, se le indica claramente cuál es su posición en la sociedad y lo que se espera de ella. No es de extrañar, pues, que en respuesta a la tendencia “pos-feminsta” de la recuperación del deseo desde el sujeto erótico femenino, se promuevan libros que pretendan ser liberadores, pero que al final en lugar de presentar a la mujer como sujeto la regresen a ser sujeta (del verbo sujetar) dentro los roles tradicionales.
    Debe decirse aquí que consideramos lectora a toda mujer que lee, no solo la palabra escrita, sino también la palabra oral, la palabra-imagen ... es decir la palabra en su concepto más amplio, siguiendo la idea de Jacques Darriulat de que "el universo es un inmenso texto esperando a ser leído". Por lo tanto, una mujer que no tiene acceso a la palabra escrita, si bien está limitada a la obtención de información de forma oral y visual, no necesariamente es una persona a-cultural ni está excluida completamente del quehacer literario. La literatura oral es y sigue siendo un componente importante en la creación y transmisión de conocimientos, historias y pensamientos.

  3. La mujer como escritora/creadora

    Se ha discutido ya mucho acerca de lo acertado o inapropiado de hablar de una escritura femenina. En mi opinión es claro que el género, viéndolo desde el punto de vista biológico, no determina el estilo ni el contenido de los libros escritos por mujeres. Sería absurdo comparar entre sí los libros de Donna Leon, Rosa Montero, Elfriede Jelinek, Elena Poniatowska, J.K. Rowling, Julieta Paredes, Ingrid Noll, Toni Morrison y Sapphire. Sin embargo si se ve a la mujer como construcción social, sí es posible reconocer ciertas temáticas recurrentes en algunos escritos femeninos, ponencias y creaciones, las cuales son determinadas tanto de forma local como de forma global, como sucede con cualquier otro grupo social. La violencia de género, por ejemplo, las relaciones amorosas, el feminismo, el machismo, las relaciones familiares, la sexualidad, el erotismo, la migración, las relaciones laborales, son todos temas que ocupan a las mujeres en la actualidad, y que son tratados desde distintos puntos de vista, distintos estratos sociales, y distintos posicionamientos políticos y sociales. Y nos ocupan, no porque sean temas intrísicos de lo femenino, sino porque, partiendo del yo (como todo creador) nos interesa aquello que nos invade la vida, buscando la mirada que nos permita entenderlo, reconocerlo, adoptarlo, cuestionarlo o rechazarlo. Sin embargo, aunque exista cierta convergencia en cuanto a temas, no puede decirse que exista una mirada femenina, sino varias, y los estilos son tan variados como hay escritoras, movimientos literarios, países, y mundos.


Aparte de estos tres, hay muchos más roles que juega la mujer en la literatura actual y que muchas veces son invisibles para el lector común, como lo son de: editora, correctora, crítica, teórica literaria, bibliotecaria, etc. En Guatemala, nombres como los de Luz Méndez de la Vega, Aída Toledo, Ana María Rodas, Ana María Monzón, Anabela Acevedo, Delia Quiñonez, Ana María Cofiño, Carmen Lucía Alvarado, Vania Vargas y Lucía Escobar, entre otras, son y seguirán siendo parte fundamental del quehacer literario crítico, teórico y editorial.


Conclusión: “¿Qué papel juega la mujer en la sociedad [literaria] actual?” Todos. Y no solo los juega (de forma lúdica), sino que, en cuanto más libertad tenga de escogerlos por sí misma, también será cada vez más capaz de protagonizarlos con todo el profesionalismo y la seriedad del caso.


Picaso, Mujer escribiendo


Regresar al Indice de Literatas que dan Lata

jueves, 31 de mayo de 2012

Doña Luz

A veces hay que dejar que la lluvia cubra la isla, que la inunde. Con esa frase me explicó  Doña Luz los ojos rojos e hinchandos que tenía ese día. Había llorado mucho y apenas escampaba cuando me abrío la puerta. Me invitó a pasar a la sala, para que pudiera esperar a Eliseo. Siempre llegaba tarde de los entrenos, y más en épocas de campeonato. Yo me senté en el sofá, ella trajo té para las dos y me empezó a platicar. Se había pasado toda la noche anterior leyendo las cartas que tenía en su caja de recuerdos. Había tenido varios amantes. No me contó cuantos, pero sí que los tenía ordenados en paquetitos, cada uno conteniendo, aparte de las cartas, fotos, dibujos en servilletas, tarjetas de cumpleaños y tickets de entrada al cine, al teatro y a conciertos. Lo único que no guardaba eran invitaciones a las bodas. Sí, me dijo rabiando, hay algunos que se atrevieron a invitarme a sus bodas. Yo también me casé, siguió contándome, pero una sola vez. Después de tener a la mamá de Eliseo me di cuenta que no estaba hecha para estar en familia. Aguanté dos años y luego me fui. Mi hija todavía no me lo perdona. Regresé cuando ella tenía trece y su papá había muerto. Nunca nos llevamos demasiado bien. A los dieciocho ella se fue a vivir con el papá de Eliseo, y yo volví a ser libre. No se crea, no han sido tantos, me dijo como disculpándose. A mí me gustan las historias largas, prosiguió, siempre y cuando no tengan pretensión de eternidad. Tal vez la miré con ojos preocupados, porque me dijo, no se preocupe, me parece que Eliseo no heredó mi soltura. Él salió a la madre. Tanto se parecen que se pelearon y por eso él se vino a vivir conmigo. Yo acepté porque me cae muy bien el muchacho. Es muy dulce, como usted ya sabe. Pero ya me empieza a ahogar. No puedo salir con libertad, porque siento que tengo que darle el ejemplo. Tal vez quiero intentar ser con él la madre que no fui para mi hija, pero me temo que no se va a poder. Ya hasta siento que la piel se me agrieta porque me estoy quedando seca de historias. Hace rato que nadie me toca. Por eso me puse a leer las cartas ayer, a ver las fotos. A tristear por lo que fue y por lo que no fue. No quiero olvidarme de que este cuerpo sirvió para algo más que para los achaques y las medicinas. Tenía que llorar para humedecerme por dentro. Quiero inundarme de nostalgia para recordar que vivo. Se levantó para traer la caja que guardaba bajo llave en su closet. Agradecí que entonces llegara Eliseo y la conversación acabara. No quería darle rostros ni letras a las historias de Doña Luz. Ellos no me interesaban. Me interesaba ella. Al mes de esa conversación corté con Eliseo. Él quería una relación para siempre y a mí me gusta ser libre. Poco después Eliseo volvió a vivir en casa de su madre. A veces Doña Luz y yo nos tomamo un té en la terraza de su casa, nos contamos nuestras historias y nos reímos cuando algún día, por casualidad, coincidimos en la lluvia y los ojos rojos. Ya me compré mi propia caja de recuerdos. Yo también soy una isla.


lunes, 9 de abril de 2012

Quisiera decirle

“Yo te quisiera decir
cosas bonitas, mamita.”
Calle 13


Míreme, papito. ¿Verdad que estoy buena? Usted no lo sabe, pero hoy me puse la minifalda solo para sus ojos. Es que usted me mira como debe ser. No como otros que la ven a una y ya van preparando la mano para tocarla, porque creen tener derecho a todo, a las nalgas, a las piernas, a los pechos. Pero usted es diferente, usted me ve discretamente, de reojo, como si quisiera degustar, de a poquitos, mi belleza.

Yo quisiera decirle que lo quiero para mi cama, que sueño con esa boca tan linda, tan carnosita que tiene y con esas manos fuertes recorriendo palmo a palmo mi piel. Que tiemblo cuando me roza y que, de ser posible, aquí mismo me sentaría en su regazo para sentir la firme excitación que, intuyo, se va erigiendo dentro de su pantalón.

Pero las palabras ... las palabras están hechas de una sustancia flexible, deformable, parecida a la plastilina. He visto salir palabras de mi boca, limpias, redonditas, para luego transformarse, en el camino, en tristes desechos rectangulares, con ángulos y aristas, con nuevos sentidos y formas que yo en mi vida les hubiera dado.

Frases tan claras y relucientes como “usted me gusta” o “lo deseo desde el fondo de mi piel”, mutaron hasta convertirse en monstruos siniestros, palabras denigrantes que me etiquetaban de “puta” o “desechable”, y que volvieron a mí en forma de desprecio y negación de la ternura.

Y si hay algo que quiero de usted, es ternura; es sentir que usted me entiende, que su oído no distorsiona mis palabras ni sus sentidos; que le puedo hablar a usted, de frente y sin rodeos, y esperar a cambio que me acaricie con la mirada. Hágame sentir que usted es distinto. Que puedo decirle sin miedo, que quiero que esta minifalda lo excite, a usted, solo a usted; que quiero que me desee, porque yo lo deseo, y así, cuando llegue la noche de la entrega sin límites, yo pueda pronunciar por fin esas palabras que tengo atoradas desde hace tiempo en el fondo de mi pecho: “usted me encanta, papito.”


Video: SU BIGOTE Y SU SONRISA realizado por Caldazo chapin y forma parte del Translibro de Julio Serrano Echeverría

sábado, 7 de abril de 2012

Mari y los siete malditos

Me tienes temblando de noche y de día
Me quieres mandar pa' la tumba fría
Tú me hiciste brujería
(El gran combo)



Mari y los siete malditos


Había pactado con uno y al final fueron seis. Siete, contando el policía que no pagó; cogió de gratis, privilegiado por alcahuetear y dejar que lo hicieran en el serenazgo. Edgardo se lo contó a su novia con el orgullo del que relata una excursión por la selva o una caída en bungee jumping. Ella no le preguntó si habían rifado los puestos, y si él había sido el primero o el último. Tampoco si había usado preservativo o si se había gozado en los fluidos de los anteriores. No le interesó el precio pagado o si la prostituta había estado de acuerdo. No quería saber nada. La ignorancia voluntaria es el camino más corto a la tranquilidad. - solo las locas se martirizan con la realidad- , pensaba. Y ella no estaba loca.  Por eso le sonrió como si le hablara del clima o de un partido de fútbol, obvió el desgano que acompañaba el beso y comenzó a quitarse la ropa. Aceptó que la penetrara sin amor y sin precaución. Quería ser buena, ser querida hasta por los más malditos, como este, o como aquel, o como todos. Fue, como siempre, la amante perfecta, atenta a las necesidades de su hombre, tierna y apasionada.  Se durmió abrazada a Edgardo con la placidez que le otorgara el orgasmo. Pero esa placidez no traspasó al subconsciente, y soñó con una verga enorme, que luego se partía en siete vergas pequeñitas pero filosas, que amenazaban con rayarle el vientre. Soñó con una vagina exhausta y dilatada que rebalsaba esperma. La cara de una mujer joven señalada por el asco y la vergüenza. 

Se despertó con náusea. Edgardo dormía tranquilo. Su cuerpo bronceado brillaba a la luz de la luna. Se acercó a él y se dispuso a acariciar ese vientre perfecto, que tanto le gustaba. Entonces volvieron las arcadas. Fue al baño. Se hincó frente al retrete y, en seguida, sus entrañas expulsaron algo que tenía el sabor y el color del semen. Necesitó mucha pasta dental para eliminar los residuos ligosos que habían quedado adheridos sobre su lengua y su paladar. Tiró de la manivela del retrete una y otra vez, pero el fluido blanco, que  flotaba sobre el agua, en lugar de desaparecer, se multiplicaba amenazando con inundarlo todo. Volvió horrorizada al cuarto. Quería que Edgardo la abrazara asegurándole que todo era un sueño del que pronto iba a despertar. Pero en cuanto lo tocó, la piel de Edgardo empezó a rajarse y fueron saliendo de él, uno a uno, seis hombres distintos. Todos  desnudos, excitados y repitiendo al unísono la palabra puta, cual si fuera una canción de combate. Por cada palabra pronunciada, sus vergas se hacían cada vez más grandes y amenazadoras. Finalmente, la piel de Edgardo se cerró, y él abrió los ojos. Se levantó y se acercó a ella. Le agarró la muñeca y la tiró en la cama, ofreciéndola, magnánimo, a sus compañeros presentes. Ella se recordó de la mesita de noche y de las tijeras en el segundo cajón, en el preciso instante en que sentía sobre su espalda la respiración del primer cuerpo.

Desde su apartamento, si así se le puede llamar a este cuartucho, armada de una bola de cristal de segunda mano y varios muñecos de vudú, Mari espera emocionada el momento en que suceda el “crimen pasional”, como seguramente lo describirán, mañana, los diarios sensacionalistas del país. Dirán que fue una desconocida, una amante ocasional que quiso vengarse de un pobre muchacho de buena familia. Los padres de ella, luego de pagarle mordida a los policías y a la prensa, la mandarán al extranjero para que a “la nena” le hagan una terapia que le quite la náusea que le quedó después de este “incidente” y de paso le extraigan cualquier resto de empatía que pudiera haber persistido en su subconsciente. 

A Mari nadie le pagará las terapias, nadie le quitará las náuseas que sufre desde el día en que, sintiéndose infinitamente sucia, salió del serenazgo. La venganza no es dulce, tiene un asqueroso olor a vómito. La náusea volverá. Atacará de nuevo en unos días. Lleva apenas dos. Todavía debe vomitar otros cinco. Tal vez entonces le llegue el alivio. Tal vez. Yo le digo que no se desanime, que siga. Al principio siempre es duro. Siempre. Pero  luego una se acostumbra y ya no le cuesta tanto matar.


viernes, 6 de abril de 2012

La Tatuana o la Llorona, a saber

Dicen que no tengo duelo, Llorona,
porque no me ven llorar
Hay muertos que no hacen ruido, Llorona,
Y es más grande su penar.
Llorona (canción mexicana)


Shhhh, a sssaber ustee. ¿La Llorona? Alguien dijo algo de que cuando la luna está en línea con la muerte, o con marte, ji-ji, saber, a mí a veces se me confunde... La Llorona dijo, ¿vaa? Como que el Chapo la oyó. Chapo, por chapopote, ji-ji, es que es más negro que ... La Llorona es la de los hijos, ¿vaa? No la de los tatuajes. El de los tatuajes es el Chapo, o el Chino, alguno de ellos, pero nel, ¿vaa?, ... Sí, los hijos ... los hijos ... yo no lloro, ¿sabe? Ya no. Mire, yo le juro, le juro que ... ¿o será que lo soñé? Saber. Algo me acuerdo de cuando yo estaba limpia. Bien chula. Ya no me ponía nada. Quería conseguir un chance bien dea huevo, ¿vaa? Psssss, no puess, si yo no quería ser puta, pero, y ¿qué otra, pues? Los tatuajes, decían. Me los hizo el Chino. O el Chapo. Saber. Y los clientes serotes hasta me pagaban menos. Y eso que tan bonitos que son. ¿Quiere ver? N’ombre, no se me ahueve, que a usté no le vuá cobrar, ja-ja. Ah sí, la Llorona ¿verdá? Saber... A mí me quitaron los hijos, ¿sabía? Dos tenía. Dijeron que una puta no, que mejor los gringos, que allá sí, porque yo aquí, ¿qué les iba a dar? Yo estaba limpia, ¿ya le dije? La Kimber ya me había jalado para su salón. El pelo o las uñas. Ya no me acuerdo. Uñas acrrri, uñas acrrri, ja-ja, ya ni pronunciar puedo, ja-ja. Es que desde que me quitaron a mis güiros ... ¿o será que lo soñé?

¿La Llorona? A sabeer, usté. Yo no lloro. Hace raaato que no lloro.


jueves, 5 de abril de 2012

Eva


No les fue difícil apresarla. La encontraron en su oficina, desmayada por las pastillas. El traje Chanel manchado de rojo, su esposo en casa, callado para siempre, mientras en su escritorio el salvapantallas de un MacBook repetía infinitamente:

esto es el paraíso                                 esto es el paraíso

esto es el paraíso

esto es el paraíso                     esto es el paraíso

jueves, 8 de marzo de 2012

El Corazoncista

Moreno, delgado, de rizos suaves y mirada azul. Pasó, rozándome apenas y, sin que yo me diera cuenta, me robó el corazón. Lo busqué, puse una demanda. Pero nada. Ni rastro del bendito corazón. Me convencí a mí misma que había sido lo mejor. Al fin y al cabo después de lo de Manuel, me había dado tanto miedo volver a usarlo, que ya estaba medio oxidado. Un día, paseando por el mercado, vi un puesto que tenía uno muy parecido al mío. – Pruébelo, Seño, sin compromiso – me dijo el vendedor. Me lo puse con mucho cuidado. Acabando de ponerlo en su lugar me di cuenta que el vendedor era moreno guapo, delgado, de rizos suaves y mirada azul. El corazón saltó en mi pecho y rechinó de emoción. – Lo encontré – dije emocionada, mirándolo a los ojos – es mío. –Sí – dijo el muchacho – y hace mucho que la esperaba -. Lucía una hermosa sonrisa sobre el rostro. También era robada. Aparte que de lejos se miraba que era falsa. Abracé con fuerza mi corazón y salí corriendo.


jueves, 1 de marzo de 2012

Ana







“Si dejara de ser sonámbulo
Me extrañaría Ana”
Eliseo Subiela


Era de noche, hacía frio y Ana estaba allí para salvarme. Yo sabía que dormía, más aún, que alucinaba. Pero era un sueño tranquilo, suave, de esos que te hacen cerrar fuerte los ojos para que no se abran con el día y así le de tiempo a tu mente a que los guarde, con los guantes puestos, en el cajón de los recuerdos. Quedaba todavía mucha noche y mucha fiebre. Las alas de Ana estaban dispuestas al vuelo, tan dispuestas como su cuerpo que aterrizaría pronto de su propio sueño, pero que ahora se asía al mío para evitar caer en las profundidades de la nada. Daba saltitos, de repente, cada vez que la madrugada rozaba sus antenas, pero - lo repitió varias veces – había venido a salvarme. De eso estaba segura. Levantamos el vuelo con sus alas y bailamos en el aire al ritmo del jazz que impregnaba el viento - lo cual era inverosimil, porque siempre he sostenido que el jazz no es para bailarse, por lo menos no así, agarrados, pegados, cheek to cheek, pero ¿hay otra forma de bailar volando? -. “Let's do it” nos elevaba mientras íbamos dejando abajo a un grupo de personas vestidas de negro, presididas por mi madre, que rezaban por sus muertos y por sus vivos – mi madre estaba entre los muertos, pero yo aún no lo sabía - unos rezos extraños que más que palabras eran murmullos y en conjunto sonaban un poco como a música de programas infantiles ta-tára ta-ta-ta-ta ta-tára ta-ta-tá. Alguien mencionó en voz alta el nombre de Gonzo, que era como me llamaba Ana cuando éramos niños. Ana, vió que me sentía aludido y sentenció: "Yo no sueño con idiotas inmaduros." Entonces me dejó caer.

Desperté.

Aún antes que las sombras se volvieran gente, intuí que Ana estaba en el cuarto. Había llegado a verme al hospital. Entre la niebla que presidió a la conciencia, distiguí su silueta seductora. Las alas abiertas eran señal inequívoca de que, por fin, me había perdonado. 






martes, 21 de febrero de 2012

Canción de niños


Una putita triste tralalá, dos putitas tristes tralalá - cantaba alegre la niña mientras saltaba sobre un avioncito dibujado en la banqueta de la casa celeste, cuya puerta negra con marco blanco marcaba la mitad exacta de la calle, entre esquina y esquina. Tan celeste como Sophie y su familia la habían dejado muchos años atrás. La visitante se acercó con cuidado a la niña, para no asustarla, y le preguntó si sabía quiénes eran los nuevos dueños. Los nuevos nuevos, no sé, respondió amable la niña, pero antes había mucha gente. Luego bajó la voz y agregó como en secreto: dicen que allí  desnudaban a las niñas de su dignidá y después las hacían película. Cerciorándose de que nadie más que yo la había escuchado, retomó su tono de voz normal y sentenció: cuando sea grande voy a ser actriz de devedé. Sonrió y siguió cantando y saltando como si nada. Sus rizos y su falda brincaban a destiempo con su cuerpo, como si cada uno quisieran bailar por su cuenta. Sophie volvió a sentir esa terrible urgencia de escapar de esta realidad que permite a las peores cosas reproducirse al infinito. Cerró los ojos y respiró profundo. Siguiendo el consejo del sicólogo, acarició sobre las mangas las cicatrices en sus muñecas. Efectivamente se tranquilizó. Cuando abrió los ojos, vio que la niña la miraba extrañada. Gracias, le dijo, y caminó de vuelta a la estación. Sin embargo no fue sino hasta que el bus llegaba casi a la ciudad, que se sintió a salvo. Su apartamento. Su cama. Su almohada. Estaba cansada, pero por si acaso se tomó un tranquilizante. La pastilla surtió efecto, y le permitió conciliar el sueño tan rápido, que no le dio tiempo de pensar en nada más. Pero el sueño fue demasiado profundo, y demasiado largo, principalmente la parte en que vio de nuevo el rostro de su tío que cantaba alegre y lujurioso "una putita triste tralalá, dos putitas tristes tralalá".







martes, 14 de febrero de 2012

Muerte anunciada

Las palabras ya no me sirven, se me han quedado huecas. Intentaron convencerte de que abjuraras de tu plan de hacerte martir. "Amor que mata nunca muere", cantabas, y pensabas y decías que Sabina era un romántico, y pensabas y decías que Él era un romántico, cuando te llamaba suya ... Julieta, Ofelia, Bess, sí, todo muy romántico. Volviste a él una y otra vez, embriagada de pasión, hasta que te rompió, como al cántaro insistente. Ilusa de cuerpo y alma. Ilusa. Ilusa yo que creí que las palabras cambiarían algo. Ahora que no existes, ya no sé qué hacer con las palabras que aún te nombran: amiga, hermana, Laura. Las palabras, mis palabras, han perdido todo sentido. Es probable que nunca lo tuvieran. Sin embargo hoy, como antes, la rabia no me deja callar.




jueves, 17 de noviembre de 2011

Miseria

Quiero verte desnuda me escribía a diario con la urgencia impaciente del amante en celo. Quise jugar al trueque y le prometí que le entregaría la imagen de mi cuerpo el día que me ofreciera un poema que me lamiera el alma. No me contestó. No sabía hacer el amor con palabras.

Qué miseria de poeta escribí y cerré el chat.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De Luna y de Miel

Aquello nunca fue luna. Aquello nunca fue miel. La miel estaba en la boca del otro, en el sabor del otro, en las manos del otro.

No en Juan. A Juan lo quiso alguna vez. Lo quiso porque había que quererlo. Porque lo decían todos, porque lo decía la Biblia, porque lo decía el pastor. Y el pastor había dicho que Juan era bueno para ella. Que Juan era bueno. Punto. No importaba que la luna de miel no le supiera a nada. Que su piel no brillara bajo su mirada. Que fuera burdo y distante. Honrarás a tu esposo. Y le servirás. Y lo respetarás.

Y ¿Pablo? Por qué nadie le dijo que era posible Pablo. Ella también debía respetar a Pablo. Porque hay que respetar al jefe. Eso decían todos. Hasta su madre. Hasta el pastor. Y ella lo respetaba. Respetaba sus besos. Respetaba sus manos. Respetaba sus caricias, el bello que le cubría las piernas y el vientre, el sudor que le humedecía la piel cuando la amaba.

La luna despertó la noche y le hizo descubrir que su piel podía ser dulce, que el azúcar que se fundía en sus labios, todos sus labios, era bebible. La noche lo sabía.

Pablo lo sabía. Y se enloquecían juntos, sobre la cama, y las sábanas blancas, blancas de luna, en el motel de lujo.

Juan no. Juan ya no era bueno. Ya no olía a bueno. Ya no sabía a bueno. Odió a Juan. Odió su olor. Odió su sabor. Su roce le hacía daño. Empezó a esquivarlo, a dormir con la niña, a tener frío para no desnudarse.

Y entonces ... Pablo: no, esto no puede seguir, mi esposa ...

¿Y ella? Pero si para ella: Juan ya es no bueno. Juan ya no huele a bueno. Juan ya no sabe a bueno. Odia a Juan. Odia su olor. Odia su sabor.

Aún logra esquivar a Juan, y en noches de luna llena, se encierra en el baño, unta con miel sus pechos, su vientre, sus labios, y después de llorar, después de la catarsis, vuelve a respirar, a olerse hermosa, a sentirse hermosa.

Juan ya no.

Tampoco Pablo.

Ahora, respeta su cuerpo. Ella y la luna, por ahora bastan.

ELLA.

miércoles, 12 de octubre de 2011

12 de Octubre - Día de la Descolonización

En este blog nos unimos a la celebración del 12 de Octubre como Día Internacional de la Descolonización de nuestros Cuerpo-Territorio. :)
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas en las piedras de Moisés: El sexto mandamiento ordenará: "festejarás tu cuerpo". El noveno que desconfía del deseo, lo declarará sagrado. La Iglesia también dictará el undécimo mandamiento que se le había olvidado al Señor: "amarás a la naturaleza de la que formas parte." Todos los penitentes serán celebrantes y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni un día que no sea vivido como si fuera el primero. Eduardo Galeano - Delirar en voz alta

Y un poema que queda también bien con el dia:

Mi cuerpo de Chuy Tinoco

Tengo un límite en el cuerpo
que busca la luna parda
el contagio del infierno
la infamia de un ciego

me niego a tolerar
la rosa cercenada
obediencia al clero y sus
eunucos chillantes

Digo NO como principio
Ni el voto del partido
Ni el voto del silencio
que se pudran los reinos

Tengo un límite en el cuerpo
una rienda para la bondad y
la memoria de mis hermanas
que no me deja ser esclava.

martes, 11 de octubre de 2011

Hechos Polvo

- ¡Vos te creés la gran cosa y no sos nada, no servís pa’ ni mierda! -. Marielena miró a su amante con tristeza. No se asustó ni cuando vio levantarse la mano amenazadora. No era la primera vez que sucedía, y ya sabía lo que le esperaba. Como las otras veces, decidió concentrarse en los últimos movimientos de la boca que aún escupía palabras. Cayó la mano levantada, cayó la boca furiosa, cayeron las palabras. El cuerpo de su amante se fue desmembrando, desdibujando, desintegrándose frente a sus ojos. Solo polvo y arena quedó de él sobre el suelo. Ella recogió la arena, la metió en un frasco y se encaminó a la tienda. - Éste también me salió malo - le dijo Marielena al dependiente dándole el frasquito con más decepción que rabia. El hermoso joven la miró enojado y casi le gritó - pero, qué le hace usted a los pobres muchachos que no le duran nada. Un par de días y ya los trae arruinados. ¡Esto ya no es normal, Señora! -. Marienlena lo miró detenidamente. Al concluir el escrutinio visual pidió hablar con la dueña. Triste, muy triste, murmuraba para sí, cuando llegó doña Celia - Ay doña Máriel, qué pena - le dijo la propietaria y señalando al dependiente agregó en voz baja - mire si usted quiere se puede llevar éste. No está tan nuevo, pero es el último que me queda -. Marielena tomó el brazo del chico, le subió la manga de la playera y le mostró a la dueña una herida de la que ya empezaban a brotaban granitos de arena. - ¿Ya vio, doña Celia? Esto es lo que le digo. Todos están defectuosos. - El tipo apartó el brazo indignado. Doña Celia le hizo señas para que se calmara. – Ay de veras, doña Máriel, tiene usted toda la razón. No me había fijado. Pero no se preocupe. Si quiere le devolvemos lo invertido. Hoy mismo mando un fax de reclamo y ya va a ver que en menos de una semana le tengo aquí unos buenos, nuevitos y hasta mejorados. -  Marielena asintió sin decir nada, se despidió más triste de lo que había llegado y se encaminó a casa. El corazón que le habían devuelto suspiraba soledad sobre su mano.  





Miguel Bose - No hay ni un corazon que valga la... von Warner-Music

miércoles, 3 de agosto de 2011

Don Juan forever

- Para ser un Don Juan eres muy malo en la cama - , le dijo Inés al muñeco inflable que la miraba sin mirarla desde el desorden de las sábanas. Satisfecho por su reciente nombramiento, el muñeco, ahora Don Juan, decidió abandonar todos sus esfuerzos de convertirse en gente.

martes, 2 de agosto de 2011

Vindicación


imagen encontrada en fb
Lamí la piel de mis cachorras, para limpiarles la maldición de mi sangre. Cuando estuvieron listas, las liberé al mundo. No lloré; no lloraron; entonces. Eran hijas de perra. Lo sabían; lo sabíamos; nosotras. No nos lo dijimos. Se fundieron en la sobrepoblación; diluyeron sus ladridos en el bullicio de la urbe; nadie lo sabe. Lo sabemos; nosotras. A veces, hago mis rondas y percibo sus aullidos; restos de identidad; raíz; sombras imborrables. Aullan quedito, casi inaudibles entre los numerosos cantos. Canciones monótonas; lugares común; sonidos en replay; ellos. La perra responde, aulla de vuelta; yo. Yo madre. Yo perra. Me equivoqué. Desatina el no ser; pretender. La vindicación no llega tarde; el tiempo también tiene colmillos; es cómplice. Mañana mi aullido llenará la noche y las llamaré a mi lado. Morderé la ciudad y a todo su colectivo alienante. Saldré de mí para ser lo que soy. Saldremos del nunca para ser lo que somos; fuimos; siempre. Perras que ladran rabia; perras que ladran vida. Ustedes; nosotras; ellas. Todas juntas. Todas; hijas de perra.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Espejito, Espejito

En una noche como ésta, hace exactamente un año, Reina le preguntaba a este mismo espejo qué habría hecho mal para que cesara la magia. Eran ya muchas lunas, desde que los ojos de su marido habían dejado de hablarle de imperios románticos y castillos en el cielo. Hacía mucho que su mirada no la hacía sentir la más bella del universo. El reflejo de la cama, detrás de ella, le traía recuerdos de noches enteras de pasión con su marido, cual lobo hambriento, comiéndola completa y bebiéndole, gota a gota, la sensualidad hasta emborracharse. ¿Qué había sucedido?

Alguien le había contado que le habían contado que aquél había escuchado, que había una Blanca, blanca de nombre y blanca de piel, con hermosos cabellos negros y labios rojos, bella, la más bella, y Reina quiso ver, quiso saber quién era. Por escusa, en la mañana de ese día, había llegado a la oficina de su marido con el catálogo de maquillaje de una amiga. Blanca, Blanqui, Blanquita, como se imaginaba que él la llamaría, le compró un lápiz labial del color de las manzanas. A Reina los celos le envenenaron el alma.

Pasó la noche hablándole al espejo, buscando en sí razones físicas para la sustitución, para el destierro. Esa mujer, con la que su esposo pasaba esa noche, y muchas otras noches en las que no llegaba a dormir, era mucho más bella. Eso le decía el espejo, eso le decía él a diario desde el desprecio. Cada hora de abandono hacía que Reina se sintiera más vieja, más gorda, más bruja. El odio, que pudo haber sido liberador, y que le llegó, por fin, de madrugada, equivocó el destino. Con toda su alma empezó a odiar su propia imagen.

Menos mal que los amigos, menos mal que el divorcio, y que la terapia, y que las mujeres del grupo, los días de llanto, los meses de rabia y la renovación, porque ahora, un año después, Reina puede volver al espejo y sonreírle. Reconquistó la percepción de sí misma, y ahora es reina de nombre y de su reflejo, y de su vida y de su cuerpo.

A veces sí, piensa en Blanca, ahora “de Nieves”, que tal vez, en un futuro cercano, también se sentará frente al espejo, preguntándose a dónde diablos se fue la magia. Un poco de celos le quedan, pero Reina no tiene mucho tiempo para la envidia. Perfeccionando a diario sus nuevos dotes de hechicera, probando nuevas pócimas y recetas emocionales, se ha propuesto llegar a ser experta en conjuros de amor ... a sí misma.

Escrito para las jornadas "Aplastando Cuentos" del Grupo de Mujeres Ixchel

viernes, 4 de marzo de 2011

Marcela

Arturo pasa frente al cuarto de baño. Cierra brevemente los ojos para imaginar:
  • el agua humedeciendo, gota a gota, el cuerpo de Marcela
  • el torrente acuoso que recorre su piel morena, descubriendo cada uno de sus pliegues, los que, a su paso, van adquiriendo, uno tras otro, el olor de las rosas
  • dos manos que enjabonan los senos prominentes, los pezones erigiéndose ante la suave caricia femenina
  • Marcela con los ojos cerrados, sincronizando telepáticamente el movimiento de su mano hacia la entrepierna con la mano que Arturo está introduciendo en el pantalón de lona

De pronto alguien abre la puerta del apartamento. Es Susana que ha vuelto de comprar pan para el desayuno. Un viento cómplice ingresa abruptamente en la casa y abre, milagrosamente, la puerta del baño. Por unos minutos, Arturo se queda absorto, mirando la ropa interior negra, de encaje, que reposa inocente pero seductora sobre el vestido de lino, que espera, impecablemente doblado, el momento de tomar forma femenina, de insinuar, muy sutilmente, las deliciosas curvas de Marcela.

Los pasos de Susana se acercan. Arturo corre al dormitorio. Cierra la puerta con el peso de su cuerpo. Está tan exitado que no necesita mucho para llegar. Toma un pañuelo de papel de su bolsillo y eyacula sobre él. ¡Qué alivio! Se sube el pantalón y va hacia el baño. Marcela ya ha salido. Entre el vapor que aún queda sigue atrapado el olor de mujer ajena mezclado con el familiar aroma de rosas del jabón de Susana. Arturo tira el pañuelo de papel, se lava las manos y la cara. Sale espléndido, renovado.

Durante el desayuno
  • evita ver a Marcela a los ojos
  • evita ver el escote, las manos, cualquier parte de Marcela
  • toma el periódico, finge que la conversación de mujeres no le interesa y responde con monosílabos a todo lo que le preguntan
  • toma rápido el café y un pan, y se va alegando tener una reunión urgente en el banco
Las chicas se quedan todavía un rato en la mesa platicando, antes de marcharse cada una a su trabajo. Marcela le comenta a Susana, que su marido la mira raro, que pareciera que por alguna razón ella le cae mal. Susana la consuela diciendo que no le haga caso, que Arturo, como todo matemático, suele ser un poco extraño. “Tal vez me rechaza por gorda”, piensa Marcela. “Tal vez la rechaza por gorda”, piensa Susana, y al decírselo mentalmente, aumenta dos centímetros de talle de puro orgullo. Mientras tanto, Arturo maneja al trabajo, acariciando el timón como si fueran las caderas de la nueva amiga de su esposa. Piensa que ojalá Marcela no se reconcilie pronto con su esposo, para que siga durmiendo algunas noches más en el cuarto de al lado.

martes, 8 de febrero de 2011

Eternidad, pa’ qué te quiero

Llego a casa, satisfecha de haber tomado una de las decisiones más importantes de mi vida. Observo el sofá que está en la sala. Pienso que en un futuro, ya no tan lejano, dejará de existir, y desde ya empiezo a extrañarlo. A partir de ahora, los años se volverán mínimos. ¿Qué vendrá después? La eternidad, sí, la eternidad. Pero una eternidad finita, porque este cuerpo, como cualquier materia, debe tener un límite. Otra cosa sería físicamente imposible. Si no hubiera estado convencida de ello, me hubiera negado rotundamente a la transformación. No me gustan las cosas definitivas.

Como estoy tan absorta en reflexionar sobre mi nuevo estatus personal, tardo un poco en escuchar el timbre que suena de manera insistente. Es mi madre. ¿Cómo explicarle? Por suerte, ella siempre ha sentido una gran simpatía por los monólogos.

- M'ija, te estuve esperando para ir donde Doña Amalia, pero como no llegaste, me fui yo sola. Les dije que no podías ir porque estabas estudiando para el doctorado. Ya sé que ya lo terminaste, pero no se me ocurrió otra excusa que decirles. ¿Te acuerdas de Claudia, la hija de Doña Amalia? ¿La que andaba siempre de trenzas, mal vestida, y sin maquillaje? Pues vieras cómo está de bonita, bien arregladita. Se casó con el jefe de no sé qué banco. Me dijeron qué banco era pero se me olvidó. Bueno, no importa, la cosa es que tiene dos niños y el esposo la tiene rebien. Preguntó por ti, lo mismo que Larita, la hija de ....

Desconecto. Observo su boca. Me pregunto si mi transformación incluye algún poder con el que sea capaz de hacer desaparecer sus palabras antes de que lleguen a mí. De algún modo funciona o será simplemente que he dejado de escucharla. No es necesario. Intuyo los típicos mensajes subliminales provenientes del imaginario materno-conservador que tienen la intención de devolver al razonamiento tradicional, a una hija transgresora que osó cruzar, soltera, el límite de la edad de merecer.

- Mamá - la interrumpo con la seguridad que me da el pensar que hoy, por fin, tengo un as bajo la manga. La juventud eterna, por ejemplo. - Mamita, ¿no me notas algo cambiada?

- Ay sí, m'ija, si ya vi que estás más pálida, el pelo más negro, y esos colmiiillos ... - hace una mueca de rechazo - lo noté desde que entré. Eso está bien para las películas, m'ija. ¿Pero tú crees que un hombre normal te va a querer con esas fachas?

- Mamá, me parece que no has entendido...

- Claro que entiendo, m'ija, si no estoy loca. No me mires con esa cara de reclamo, que hay que ver que hasta ahora te he tenido toda la paciencia del mundo. Te he visto peluda, remendada, volando en escobas, con alas... solo faltaba que te volvieras vampira. Y cabal. También eso lo tenías que probar.

- Mamá, hay algo más en esta decisión...

- No, si yo no digo nada. Ya sé que al fin y al cabo es tu vida, que tienes que encontrar tu camino, y todo lo que quieras. Pero al paso que vas me vas a tener que hacer también inmortal a mí, porque se me hace que no me va a alcanzar la vida para verte casada y con hijos, que es lo que hasta una mujer “liberada”, como lo que dices que eres, debería hacer.

Su olor humano y la rabia que me sulfura, ambos, al unísono, me exigen una mordida pronta, mortal o eternizadora. Pero de solo pensar que escucharé sus reclamos, ya sea de su propia boca o de su sangre corriendo luego, acusadora, por mis venas, por los siglos de los siglos, me arruina por completo el apetito. Yo tenía el as, pero mi mamá siempre tendrá el joker. Siempre.

viernes, 28 de enero de 2011

El arte de recordar

Todas las casas tienen una estructura emocional esponjosa. Es por ello que son capaces de absorber los sucesos más importantes, los más intensos que suceden dentro de ellas. En los días soleados o lluviosos, en los que el nivel de humedad nostálgica sube implacablemente, ya sea por tristeza o por deseo, la esponja se contrae y expulsa, de un solo, todos lo que ha guardado, en forma de recuerdos. Mi casa, si bien no es distinta en este aspecto, tiene la particularidad, como su dueña, de tener un cierto tic artístico. Usted entra y la ve vacía de cuadros y adornos, pero solo es cuestión de que se permita un momento de intensa nostalgia para que pueda ver que en realidad está llena de recuerdos. En el dormitorio, por ejemplo, se ha quedado grabada la época más feliz de mi matrimonio. En Jugendstil, por supuesto. No solo el “Jugend”, de juventud, porque éramos muy jóvenes, sino porque nuestra relación gozó de una estética klimtiesca de principio a fin. Hablo de sus cuadros más tiernos hasta los más eróticos. Son recuerdos lindos para dormir y para tener sueños placenteros, aunque a veces el espejo deba descubrirme de madrugada, hecha una copia de la “Mujer Sentada”, embebida en autoerotismo. ¿Qué quiere que le diga? Es que el llanto no es la única manera de nostalgiar.

Y hablando de nostalgia, la sala, donde solía recibir a mis amantes, está ahora decorada, como era de esperarse, en un colorido estilo Bosch. A la izquierda, el paraíso un poco soso, remembranza de mi relación con un biólogo carente de malicia. A la derecha, mi corta incursión en el sadomasoquismo con un músico metalero. Y al centro, el placer puro de la lujuria poética compartida. Quién iba a decir que relaciones tan distintas iban a resultar en un lindo tríptico inspirado en el “Jardín de las delicias”. Y qué delicias, le diré. Más aún con el último. Lástima que tanta vida bohemia le terminó arruinando el corazón. Un ataque y pum, de pronto ya no había más poeta. Triste. Muy triste.

¿Mi familia? En la cocina. No porque seamos buenos cocineros. Dios nos libre de semejante virtud. Más que nada, porque si nos vieran a todos juntos, formaríamos una especie de Naturaleza Muerta. Pavos que se creen muy vivos, pero que se sabe que no levantan ni el pico desde hace algún tiempo. Uno o dos panes de dios puestos en el lugar equivocado. Una que otra frutita que algún día fue apetecible y después de tantas penas anda ya medio descolorida. En fin, me gustaría decirle que Frida Kahlo, pero no llegamos a tanto. Un juego de bodegones de principiante, eso tal vez sí.

Esa es la familia de parte de mi mamá. La de mi papá no la veo desde mi infancia. Una infancia que, puff, horror de horrores. Goya en su época más oscura. Para decirle que la tengo toditita bajo llave en un cuarto oscuro. Padre colérico, tío insinuante, ... . No no, mejor ni hablo de ella, porque después los recuerdos se despiertan y se hacen tan fuertes que logran salir de su encierro. Luego me paso noches enteras corriendo tras ellos para volver a atraparlos y llevarlos otra vez a la oscuridad del olvido, que es donde deben estar.

Así que como ve, mi casa está de todo menos vacía. Y aunque le tenga una especie de aprecio morboso, con todo su legado emocional, he decidido que ha llegado la hora de hacer algo más que recordar. Por eso me llamó la atención este estudio, en esta zona periférica, muy lejos de mi pasado, en una casa nueva, virgen de memoria. Estoy convencida de que solo en un lugar así seré capaz de encontrar el estilo propio que estoy buscando para dibujar el resto de mi vida. Usted, que según veo debe andar por mis años, y debe haber acumulado un numero similar de recuerdos, me entiende, ¿no es así? Entonces, qué dice, ¿me lo alquila?