Esta casa es mágica, me dice Larissa. Hay escaleras que se mueven, puertas que se abren a corredores interminables, balcones de los que uno brinca y se cae para arriba. Sus historias me parecen una combinación de Carrol y Rowling, pero esa es mi referencia no la de ella. Por lo menos eso creo. Nadie tiene el patente de lo fantástico. Larissa sigue contándome de sus aventuras por la casa, de la gente que ve, de la gente con la que habla, de los perros, los gatos, los loros. Todos viven acá, pero no se conocen. Hay mucha gente, muchos animales, muchos muebles. La casa es muy grande, hacia adentro. Esa es la conclusión a la que ha llegado. Pareciera que tiene necesidad de explayarse en detalles, de hablarme de monstruos buenos y humanos malos, de niños que nacen al revés y por eso no encuentran la vida, y de la tristeza de las despedidas que cubren las paredes.
Apenas tiene diez años y sabe más de la vida que yo a mis cuarenta. O de la gente más bien. Es porque la casa es mágica, me aclara, ella me cuenta mucho. Me invita a seguirla por unas escaleras que aparecen de repente y que cruzan misteriosamente las paredes de mi cuarto. Te podría mostrar mi tiempo y otros tiempos. Le respondo que no, que me da miedo quedarme con ella al otro lado y no volver jamás. Ella dice que la del otro lado soy yo. Sonríe. Y corre por la escalera que desaparece con ella.
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miércoles, 2 de mayo de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
El Corazoncista
Moreno, delgado, de rizos suaves y mirada azul. Pasó, rozándome apenas y, sin que yo me diera cuenta, me robó el corazón. Lo busqué, puse una demanda. Pero nada. Ni rastro del bendito corazón. Me convencí a mí misma que había sido lo mejor. Al fin y al cabo después de lo de Manuel, me había dado tanto miedo volver a usarlo, que ya estaba medio oxidado. Un día, paseando por el mercado, vi un puesto que tenía uno muy parecido al mío. – Pruébelo, Seño, sin compromiso – me dijo el vendedor. Me lo puse con mucho cuidado. Acabando de ponerlo en su lugar me di cuenta que el vendedor era moreno guapo, delgado, de rizos suaves y mirada azul. El corazón saltó en mi pecho y rechinó de emoción. – Lo encontré – dije emocionada, mirándolo a los ojos – es mío. –Sí – dijo el muchacho – y hace mucho que la esperaba -. Lucía una hermosa sonrisa sobre el rostro. También era robada. Aparte que de lejos se miraba que era falsa. Abracé con fuerza mi corazón y salí corriendo.
jueves, 1 de marzo de 2012
Ana
“Si dejara de ser sonámbulo
Me extrañaría Ana”
Eliseo Subiela
Era de noche, hacía frio y Ana estaba allí para salvarme. Yo sabía que dormía, más aún, que alucinaba. Pero era un sueño tranquilo, suave, de esos que te hacen cerrar fuerte los ojos para que no se abran con el día y así le de tiempo a tu mente a que los guarde, con los guantes puestos, en el cajón de los recuerdos. Quedaba todavía mucha noche y mucha fiebre. Las alas de Ana estaban dispuestas al vuelo, tan dispuestas como su cuerpo que aterrizaría pronto de su propio sueño, pero que ahora se asía al mío para evitar caer en las profundidades de la nada. Daba saltitos, de repente, cada vez que la madrugada rozaba sus antenas, pero - lo repitió varias veces – había venido a salvarme. De eso estaba segura. Levantamos el vuelo con sus alas y bailamos en el aire al ritmo del jazz que impregnaba el viento - lo cual era inverosimil, porque siempre he sostenido que el jazz no es para bailarse, por lo menos no así, agarrados, pegados, cheek to cheek, pero ¿hay otra forma de bailar volando? -. “Let's do it” nos elevaba mientras íbamos dejando abajo a un grupo de personas vestidas de negro, presididas por mi madre, que rezaban por sus muertos y por sus vivos – mi madre estaba entre los muertos, pero yo aún no lo sabía - unos rezos extraños que más que palabras eran murmullos y en conjunto sonaban un poco como a música de programas infantiles ta-tára ta-ta-ta-ta ta-tára ta-ta-tá. Alguien mencionó en voz alta el nombre de Gonzo, que era como me llamaba Ana cuando éramos niños. Ana, vió que me sentía aludido y sentenció: "Yo no sueño con idiotas inmaduros." Entonces me dejó caer.
Desperté.
Aún antes que las sombras se volvieran gente, intuí que Ana estaba en el cuarto. Había llegado a verme al hospital. Entre la niebla que presidió a la conciencia, distiguí su silueta seductora. Las alas abiertas eran señal inequívoca de que, por fin, me había perdonado.
martes, 24 de enero de 2012
Mi vida en Marte
Mi papás, mis hermanas y yo venimos de Marte. Estamos atrapados aquí, porque la nave espacial en la que veníamos se descompuso. Mi papá dice que no podemos respirar el aire de afuera, porque somos chiquitos. Los grandes sí, porque a los grandes le crece una cosa en la nariz con la que pueden respirar en cualquier parte. ¿También donde hay gases lacrimógenos o Napalm? Nosotros, los niños, todavía no la tenemos. Eso le sale a uno cuando tiene como dieciséis. O cuando hay hijos y tienes que salir sí o sí. Pero nosotras todavía estamos chiquitas. Por eso nos quedamos todo el día jugando en la nave espacial que nos trajo a la Tierra. No sabemos en qué planeta estamos, pero debe ser un planeta muy malo, porque, así como lejos, se oyen ruidos bien raros. ¿Son balazos? No lo sabemos con exactitud, solo sabemos que así se oía la aldea, el día que tuvimos que escaparnos al monte. Mi papá dice que nuestra nave espacial es segura y que aquí no puede entrar ninguno. Eso es bueno porque, si no, sentiríamos mucho miedo cada vez que ellos nos dejan aquí solitas. Él nos prometió que vamos a volver a Marte, que vamos a poder salir, y que vamos a poder jugar afuera, cuando regresemos a casa. Casa... ¿Qué habrá sido de nuestra casa? ¿A dónde habrán ido los amigos? ¿Qué fue de mi abuelito que ya no pudo salir? Ya son las seis de la tarde y mis papás no regresan. Después de mucho tiempo, mi mamá regresa, pero solita. Viene llorando. ¿Qué pasó mamita? ¿Qué pasó con mi papá? Maldita guerra, maldito miedo, malditas fantasías que no pueden durar. Mi padre no volvió. Se lo llevaron. En las noches claras, en las que el planeta rojo se visibiliza, pienso en mi padre y en ese pequeño Marte que desapareció con su partida. Mi niña interior aún espera, contra toda lógica, que una nave espacial nos lo devuelva, mientras yo sostengo en mis manos un reporte forense que aún me niego a creer .
Nota: Inspirado en una anéctoda contada en una entrevista a Mercedes Hernández.
martes, 29 de noviembre de 2011
Capulina y el Circo
Tenía el porte, la ropa y el gorrito de Capulina. Intenté
ignorarlo cuando entró al metro, pero caminó con tanta decisión hacia el lugar
donde yo estaba, que me puse muy nerviosa. Nunca sé muy bien cómo actuar ante la
gente loca. Se sentó frente a mí. - El mundo es un circo, muchacha – me dijo en
tono serio. - Ya nos gobernaron los
enanos, los payasos y los trapecistas. ¿A usted le gusta el circo? - Masomenos
- le respondí sin mirarlo. Saqué un libro de mi bolsa; un gesto muy usual en
estos lugares para hacer entender que uno no tiene el menor interés de
intercambiar ideas o miradas con el resto de los pasajeros. Pero él continuó
como si nada – Al pueblo le gusta el circo. Es así. Ahora están todos pidiendo
que saquen a los leones. Pero lo que no se dan cuenta es que todos están amaestrados. Hasta las bestias". Me quedé pensando que lo
que decía tenía sentido. Pensé en Europa y en Guatemala y en el mundo entero.
Había una metáfora clara, un análisis político en todo eso. De repente estalló
en una gran carcajada, me señaló ostentosamente y dijo en voz alta - Miren a
esta niña, se cree todo lo que le dicen JAJAJAJA - luego, moviendo la cabeza de
forma infantil, agregó - Los payasos no existen, nooooo, son de plástico y los manejan
desde arriba con hilos invisibles.- Dicho esto se levantó y salió del metro,
carcajéandose. Sentí que mis mejillas hervían. Hice un recorrido visual por el
metro, pero ya nadie me miraba. Todos habían sacado un libro de sus bolsos y
fingían estar muy concentrados en sus lecturas. El tipo raro desapareció por una escalera
eléctrica. Las puertas del metro se cerraron, y me quedé pensando en lo mucho
que me gustaba Capulina cuando era niña y que ya hace muchos años que dejé de
entender por qué. sábado, 21 de mayo de 2011
Shadenfrinia
Centur V sale todas las noches de su morada a observar los astros. Es la única distracción que tiene en su vida monótona y vacía, de la cual está sumamente orgulloso. Saca de su bolsillo una especie de prismáticos que, aunque pequeños, poseen la potencia de los mejores telescopios terráqueos. Las noches en el planeta de Centur V no son tan largas como para poder observar detenidamente todas las galaxias cercanas, por lo que solo le da tiempo para buscar supernovas o agujeros negros recientes. Sin embargo, también suele detenerse un tiempo cosiderable en el Planeta Azul, su favorito, porque al verlo se siente embargado por la shadenfrinia, una mezcla de morbo y lástima, que le provoca un agradable cosquilleo que se le va distribuyendo, poco a poco, a cada rincón de su anguloso cuerpo. Desde que descubrió ese punto del infinito, ha seguido con interés todos los episodios de la historia terrestre, los cuales, un día no tan lejano - eso teme Centur V - terminarán en la destrucción de cualquier resto de vida que quede sobre ese planeta. Lo que Centur V no imagina es que su mirada, privada por completo de compasión y compromiso, alimenta, cada vez con más intensidad, el motor de la catástrofe.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Espejito, Espejito
En una noche como ésta, hace exactamente un año, Reina le preguntaba a este mismo espejo qué habría hecho mal para que cesara la magia. Eran ya muchas lunas, desde que los ojos de su marido habían dejado de hablarle de imperios románticos y castillos en el cielo. Hacía mucho que su mirada no la hacía sentir la más bella del universo. El reflejo de la cama, detrás de ella, le traía recuerdos de noches enteras de pasión con su marido, cual lobo hambriento, comiéndola completa y bebiéndole, gota a gota, la sensualidad hasta emborracharse. ¿Qué había sucedido?
Alguien le había contado que le habían contado que aquél había escuchado, que había una Blanca, blanca de nombre y blanca de piel, con hermosos cabellos negros y labios rojos, bella, la más bella, y Reina quiso ver, quiso saber quién era. Por escusa, en la mañana de ese día, había llegado a la oficina de su marido con el catálogo de maquillaje de una amiga. Blanca, Blanqui, Blanquita, como se imaginaba que él la llamaría, le compró un lápiz labial del color de las manzanas. A Reina los celos le envenenaron el alma.
Pasó la noche hablándole al espejo, buscando en sí razones físicas para la sustitución, para el destierro. Esa mujer, con la que su esposo pasaba esa noche, y muchas otras noches en las que no llegaba a dormir, era mucho más bella. Eso le decía el espejo, eso le decía él a diario desde el desprecio. Cada hora de abandono hacía que Reina se sintiera más vieja, más gorda, más bruja. El odio, que pudo haber sido liberador, y que le llegó, por fin, de madrugada, equivocó el destino. Con toda su alma empezó a odiar su propia imagen.
Menos mal que los amigos, menos mal que el divorcio, y que la terapia, y que las mujeres del grupo, los días de llanto, los meses de rabia y la renovación, porque ahora, un año después, Reina puede volver al espejo y sonreírle. Reconquistó la percepción de sí misma, y ahora es reina de nombre y de su reflejo, y de su vida y de su cuerpo.
A veces sí, piensa en Blanca, ahora “de Nieves”, que tal vez, en un futuro cercano, también se sentará frente al espejo, preguntándose a dónde diablos se fue la magia. Un poco de celos le quedan, pero Reina no tiene mucho tiempo para la envidia. Perfeccionando a diario sus nuevos dotes de hechicera, probando nuevas pócimas y recetas emocionales, se ha propuesto llegar a ser experta en conjuros de amor ... a sí misma.
Escrito para las jornadas "Aplastando Cuentos" del Grupo de Mujeres Ixchel
Alguien le había contado que le habían contado que aquél había escuchado, que había una Blanca, blanca de nombre y blanca de piel, con hermosos cabellos negros y labios rojos, bella, la más bella, y Reina quiso ver, quiso saber quién era. Por escusa, en la mañana de ese día, había llegado a la oficina de su marido con el catálogo de maquillaje de una amiga. Blanca, Blanqui, Blanquita, como se imaginaba que él la llamaría, le compró un lápiz labial del color de las manzanas. A Reina los celos le envenenaron el alma.
Pasó la noche hablándole al espejo, buscando en sí razones físicas para la sustitución, para el destierro. Esa mujer, con la que su esposo pasaba esa noche, y muchas otras noches en las que no llegaba a dormir, era mucho más bella. Eso le decía el espejo, eso le decía él a diario desde el desprecio. Cada hora de abandono hacía que Reina se sintiera más vieja, más gorda, más bruja. El odio, que pudo haber sido liberador, y que le llegó, por fin, de madrugada, equivocó el destino. Con toda su alma empezó a odiar su propia imagen.
Menos mal que los amigos, menos mal que el divorcio, y que la terapia, y que las mujeres del grupo, los días de llanto, los meses de rabia y la renovación, porque ahora, un año después, Reina puede volver al espejo y sonreírle. Reconquistó la percepción de sí misma, y ahora es reina de nombre y de su reflejo, y de su vida y de su cuerpo.
A veces sí, piensa en Blanca, ahora “de Nieves”, que tal vez, en un futuro cercano, también se sentará frente al espejo, preguntándose a dónde diablos se fue la magia. Un poco de celos le quedan, pero Reina no tiene mucho tiempo para la envidia. Perfeccionando a diario sus nuevos dotes de hechicera, probando nuevas pócimas y recetas emocionales, se ha propuesto llegar a ser experta en conjuros de amor ... a sí misma.
Escrito para las jornadas "Aplastando Cuentos" del Grupo de Mujeres Ixchel
miércoles, 16 de marzo de 2011
Don Gregorio y sus demonios
Don Gregorio llegaba, religiosamente, el primer y cuarto sábado del mes a la emergencia del hospital, bien bolo y exigiendo a gritos que alguien le sacara el diablo que llevaba dentro. En cuanto oíamos el rechinido de las llantas de su carro, llamábamos inmediatamente a la Dra Solares, que era la del turno de los fines de semana, y, por eso, la que siempre lo atendía. Ella llegaba, lo tomaba del brazo y se encerraba con él en uno de los mejores cuartos privados del hospital, que, curiosamente, estaba siempre libre esos días. Nadie sabía exactamente qué le hacía pero, después de media hora, Don Gregorio salía tranquilito, sobrio y con una sonrisa de oreja a oreja.
Todos nos moríamos por saber qué pasaba en ese cuarto, pero como Don Gregorio era el dueño del hospital, nadie se atrevía a hablar en voz alta sobre aquellos sucesos. Ni siquiera el contador que todos los meses se encontraba con recibos por medicinas extrañas para un tratamiento llamado “exorcismo terapéutico”, o las señoras de la limpieza que debían quitabar, con gran esfuerzo, las manchas verduscas que quedaban en el piso y las paredes del cuarto cuando la doctora y el dueño salían.
Habían muchas teorías. La más popular era que el diablo que doctora le sacaba a Don Gregorio, era el que él tenía entre las piernas, y que, para ocultar lo acontecido, sea lo que fuere, y darle dramatismo a la situación, se ponían a tirar, por todo el cuarto, una tinta verde que ella llevaba en su maletín, haciéndonos creer que era una medicina exótica traída exclusivamente de Roma. Solo uno de los compañeros, un “nuevo cristiano” llamado Jael, creía que se trataba de un demonio, uno de esos que salen en las películas, que se apoderan del cuerpo de sus víctimas y los hacen hablar en una especie de caló satánico. – Yo digo el tratamiento de la doctora consiste en rociarlo con agua bendita – nos decía muy seguro – y eso es lo que después se vuelve materia verde cuando entra en contacto con la saliva del maligno. Pero eso del agua bendita - continuaba Jael - es puro paliativo, porque al fin y al cabo, eso también viene de Lucifer, disfrazado de cura católico -. A mí, en lo personal, que me encanta la sciencia ficción y lo fantástico, me gustaba más la versión de Jael.
Como si nada pasó un año, y nos fuimos acostumbrando a eso que la mayoría terminamos por aceptar como excentricidades de nuestro jefe. Llegó a ser algo tan normal como atender a accidentados por consumo de licor los fines de semana o a los golpeados después de un clásico de fútbol.
Todos aparte de Jael, que un día nos llegó con la noticia que nuestro jefe estaba curado. Dijo que lo había llevado a su iglesia y que el pastor le había hecho “imposición de manos” o “reiki” o algo así, no me acuerdo bien, que había aceptado a Cristo en su corazón, y que ya veríamos que el diablo nunca más se iba a atrever a molestarlo. Nadie le creyó, pero resultó que, efectivamente, pasaba el tiempo y el jefe no volvía a “enfermarse”. Se le veía muy contento, hablando con todos, menos con la Dra Solares a quien se notaba que solo saludaba por educación.
Un sábado de agosto, tres meses después de la “cura”, oímos otra vez el rechinido de las llantas. Esta vez sí nos asustamos, por una parte porque ya no esperábamos una recaída, y por otra, porque a Don Gregorio no se le veía bolo sino que tenía el rostro rojo, los labios morados, le temblaba todo el cuerpo y sus ojos parecía que hubieran agarrado fuego. – Llamen a la Dra Solares – gritó con una voz ronca, imponente, como jamás lo habíamos escuchado. Llamamos a la doctora, que al principio se negaba a ir a atenderlo y luego llegó de mala gana, pero que se asustó mucho al ver el estado de su paciente. Cuando el jefe la vio llegar, se acercó a ella, la abrazó y le rogó – libéreme -. Luego cambió, la agarró del brazo y se la llevó violentamente, como poseído, al cuarto de siempre. Mientras las enfermeras y yo estábamos pensando qué hacer, llegó Jael. – Ya vio que esa su “cura” no funciona – le dije reclamándole, - ahora está hasta peor. – No, esto es solo una prueba – refutó Jael en voz baja - voy a entrar –. Tratamos de convencerlo que no lo hiciera, que podía ser peligroso. Pero él estaba seguro de lo que hacía, tomó bajo el brazo la Biblia que había en la sala de espera y empezó a repetir algo que nos imaginamos sería un salmo. Abrió un poco la puerta. La volvió a cerrar visiblemente asustado. Nos dijo con la voz temblando y señalando hacia adentro – allí está el diablo –. Tomó valor de nuevo y entró. Por unos minutos se oyeron gritos y después nada. Al rato salieron Don Gregorio y la doctora, con la ropa maltrecha, y pálidos, como en trance. Les preguntamos qué había pasado, pero no contestaron. Fue la última vez que los vimos. Se fueron en el carro mientras nosotros tomábamos fuerza para entrar todos al cuarto. Encontramos a Jael, en el piso. No respiraba. Debimos haberle brindado primeros auxilios, pero no pudimos. Nos quedamos inmovilizados por los ojos de un demonio que nos miraba, lujurioso, desde una gran mancha verde en la pared.
Todos nos moríamos por saber qué pasaba en ese cuarto, pero como Don Gregorio era el dueño del hospital, nadie se atrevía a hablar en voz alta sobre aquellos sucesos. Ni siquiera el contador que todos los meses se encontraba con recibos por medicinas extrañas para un tratamiento llamado “exorcismo terapéutico”, o las señoras de la limpieza que debían quitabar, con gran esfuerzo, las manchas verduscas que quedaban en el piso y las paredes del cuarto cuando la doctora y el dueño salían.
Habían muchas teorías. La más popular era que el diablo que doctora le sacaba a Don Gregorio, era el que él tenía entre las piernas, y que, para ocultar lo acontecido, sea lo que fuere, y darle dramatismo a la situación, se ponían a tirar, por todo el cuarto, una tinta verde que ella llevaba en su maletín, haciéndonos creer que era una medicina exótica traída exclusivamente de Roma. Solo uno de los compañeros, un “nuevo cristiano” llamado Jael, creía que se trataba de un demonio, uno de esos que salen en las películas, que se apoderan del cuerpo de sus víctimas y los hacen hablar en una especie de caló satánico. – Yo digo el tratamiento de la doctora consiste en rociarlo con agua bendita – nos decía muy seguro – y eso es lo que después se vuelve materia verde cuando entra en contacto con la saliva del maligno. Pero eso del agua bendita - continuaba Jael - es puro paliativo, porque al fin y al cabo, eso también viene de Lucifer, disfrazado de cura católico -. A mí, en lo personal, que me encanta la sciencia ficción y lo fantástico, me gustaba más la versión de Jael.
Como si nada pasó un año, y nos fuimos acostumbrando a eso que la mayoría terminamos por aceptar como excentricidades de nuestro jefe. Llegó a ser algo tan normal como atender a accidentados por consumo de licor los fines de semana o a los golpeados después de un clásico de fútbol.
Todos aparte de Jael, que un día nos llegó con la noticia que nuestro jefe estaba curado. Dijo que lo había llevado a su iglesia y que el pastor le había hecho “imposición de manos” o “reiki” o algo así, no me acuerdo bien, que había aceptado a Cristo en su corazón, y que ya veríamos que el diablo nunca más se iba a atrever a molestarlo. Nadie le creyó, pero resultó que, efectivamente, pasaba el tiempo y el jefe no volvía a “enfermarse”. Se le veía muy contento, hablando con todos, menos con la Dra Solares a quien se notaba que solo saludaba por educación.
Un sábado de agosto, tres meses después de la “cura”, oímos otra vez el rechinido de las llantas. Esta vez sí nos asustamos, por una parte porque ya no esperábamos una recaída, y por otra, porque a Don Gregorio no se le veía bolo sino que tenía el rostro rojo, los labios morados, le temblaba todo el cuerpo y sus ojos parecía que hubieran agarrado fuego. – Llamen a la Dra Solares – gritó con una voz ronca, imponente, como jamás lo habíamos escuchado. Llamamos a la doctora, que al principio se negaba a ir a atenderlo y luego llegó de mala gana, pero que se asustó mucho al ver el estado de su paciente. Cuando el jefe la vio llegar, se acercó a ella, la abrazó y le rogó – libéreme -. Luego cambió, la agarró del brazo y se la llevó violentamente, como poseído, al cuarto de siempre. Mientras las enfermeras y yo estábamos pensando qué hacer, llegó Jael. – Ya vio que esa su “cura” no funciona – le dije reclamándole, - ahora está hasta peor. – No, esto es solo una prueba – refutó Jael en voz baja - voy a entrar –. Tratamos de convencerlo que no lo hiciera, que podía ser peligroso. Pero él estaba seguro de lo que hacía, tomó bajo el brazo la Biblia que había en la sala de espera y empezó a repetir algo que nos imaginamos sería un salmo. Abrió un poco la puerta. La volvió a cerrar visiblemente asustado. Nos dijo con la voz temblando y señalando hacia adentro – allí está el diablo –. Tomó valor de nuevo y entró. Por unos minutos se oyeron gritos y después nada. Al rato salieron Don Gregorio y la doctora, con la ropa maltrecha, y pálidos, como en trance. Les preguntamos qué había pasado, pero no contestaron. Fue la última vez que los vimos. Se fueron en el carro mientras nosotros tomábamos fuerza para entrar todos al cuarto. Encontramos a Jael, en el piso. No respiraba. Debimos haberle brindado primeros auxilios, pero no pudimos. Nos quedamos inmovilizados por los ojos de un demonio que nos miraba, lujurioso, desde una gran mancha verde en la pared.
domingo, 13 de marzo de 2011
El señor Barbucho
Este es el Señor Barbucho,
miren que lindo se ve,
pisando firme las hojas
como señor del bosque que es.
Se esconde bajo los hongos,
cuando pasar a una chica ve
para ver bajo la enagua
lo que ella suele esconder.
Cuando llega la noche
para dormirse muy bien
toma un pedazo de hongo
y se lo come con miel.
Qué feliz se siente el enanito
soñando con la mujer
y con su barba crecidita
tocándole hasta el sostén.
Despierta el Señor Barbucho
y qué triste se le ve
quiere seguir soñando
con las tetas de mujer.
Se murió el Señor Barbucho
por un hongo entero comer.
Qué bien, que al enano maldito
no lo volveremos a ver.
miren que lindo se ve,
pisando firme las hojas
como señor del bosque que es.
Se esconde bajo los hongos,
cuando pasar a una chica ve
para ver bajo la enagua
lo que ella suele esconder.
Cuando llega la noche
para dormirse muy bien
toma un pedazo de hongo
y se lo come con miel.
Qué feliz se siente el enanito
soñando con la mujer
y con su barba crecidita
tocándole hasta el sostén.
Despierta el Señor Barbucho
y qué triste se le ve
quiere seguir soñando
con las tetas de mujer.
Se murió el Señor Barbucho
por un hongo entero comer.
Qué bien, que al enano maldito
no lo volveremos a ver.
viernes, 28 de enero de 2011
El arte de recordar
Todas las casas tienen una estructura emocional esponjosa. Es por ello que son capaces de absorber los sucesos más importantes, los más intensos que suceden dentro de ellas. En los días soleados o lluviosos, en los que el nivel de humedad nostálgica sube implacablemente, ya sea por tristeza o por deseo, la esponja se contrae y expulsa, de un solo, todos lo que ha guardado, en forma de recuerdos. Mi casa, si bien no es distinta en este aspecto, tiene la particularidad, como su dueña, de tener un cierto tic artístico. Usted entra y la ve vacía de cuadros y adornos, pero solo es cuestión de que se permita un momento de intensa nostalgia para que pueda ver que en realidad está llena de recuerdos. En el dormitorio, por ejemplo, se ha quedado grabada la época más feliz de mi matrimonio. En Jugendstil, por supuesto. No solo el “Jugend”, de juventud, porque éramos muy jóvenes, sino porque nuestra relación gozó de una estética klimtiesca de principio a fin. Hablo de sus cuadros más tiernos hasta los más eróticos. Son recuerdos lindos para dormir y para tener sueños placenteros, aunque a veces el espejo deba descubrirme de madrugada, hecha una copia de la “Mujer Sentada”, embebida en autoerotismo. ¿Qué quiere que le diga? Es que el llanto no es la única manera de nostalgiar.
Y hablando de nostalgia, la sala, donde solía recibir a mis amantes, está ahora decorada, como era de esperarse, en un colorido estilo Bosch. A la izquierda, el paraíso un poco soso, remembranza de mi relación con un biólogo carente de malicia. A la derecha, mi corta incursión en el sadomasoquismo con un músico metalero. Y al centro, el placer puro de la lujuria poética compartida. Quién iba a decir que relaciones tan distintas iban a resultar en un lindo tríptico inspirado en el “Jardín de las delicias”. Y qué delicias, le diré. Más aún con el último. Lástima que tanta vida bohemia le terminó arruinando el corazón. Un ataque y pum, de pronto ya no había más poeta. Triste. Muy triste.
¿Mi familia? En la cocina. No porque seamos buenos cocineros. Dios nos libre de semejante virtud. Más que nada, porque si nos vieran a todos juntos, formaríamos una especie de Naturaleza Muerta. Pavos que se creen muy vivos, pero que se sabe que no levantan ni el pico desde hace algún tiempo. Uno o dos panes de dios puestos en el lugar equivocado. Una que otra frutita que algún día fue apetecible y después de tantas penas anda ya medio descolorida. En fin, me gustaría decirle que Frida Kahlo, pero no llegamos a tanto. Un juego de bodegones de principiante, eso tal vez sí.
Esa es la familia de parte de mi mamá. La de mi papá no la veo desde mi infancia. Una infancia que, puff, horror de horrores. Goya en su época más oscura. Para decirle que la tengo toditita bajo llave en un cuarto oscuro. Padre colérico, tío insinuante, ... . No no, mejor ni hablo de ella, porque después los recuerdos se despiertan y se hacen tan fuertes que logran salir de su encierro. Luego me paso noches enteras corriendo tras ellos para volver a atraparlos y llevarlos otra vez a la oscuridad del olvido, que es donde deben estar.
Así que como ve, mi casa está de todo menos vacía. Y aunque le tenga una especie de aprecio morboso, con todo su legado emocional, he decidido que ha llegado la hora de hacer algo más que recordar. Por eso me llamó la atención este estudio, en esta zona periférica, muy lejos de mi pasado, en una casa nueva, virgen de memoria. Estoy convencida de que solo en un lugar así seré capaz de encontrar el estilo propio que estoy buscando para dibujar el resto de mi vida. Usted, que según veo debe andar por mis años, y debe haber acumulado un numero similar de recuerdos, me entiende, ¿no es así? Entonces, qué dice, ¿me lo alquila?
Y hablando de nostalgia, la sala, donde solía recibir a mis amantes, está ahora decorada, como era de esperarse, en un colorido estilo Bosch. A la izquierda, el paraíso un poco soso, remembranza de mi relación con un biólogo carente de malicia. A la derecha, mi corta incursión en el sadomasoquismo con un músico metalero. Y al centro, el placer puro de la lujuria poética compartida. Quién iba a decir que relaciones tan distintas iban a resultar en un lindo tríptico inspirado en el “Jardín de las delicias”. Y qué delicias, le diré. Más aún con el último. Lástima que tanta vida bohemia le terminó arruinando el corazón. Un ataque y pum, de pronto ya no había más poeta. Triste. Muy triste.
¿Mi familia? En la cocina. No porque seamos buenos cocineros. Dios nos libre de semejante virtud. Más que nada, porque si nos vieran a todos juntos, formaríamos una especie de Naturaleza Muerta. Pavos que se creen muy vivos, pero que se sabe que no levantan ni el pico desde hace algún tiempo. Uno o dos panes de dios puestos en el lugar equivocado. Una que otra frutita que algún día fue apetecible y después de tantas penas anda ya medio descolorida. En fin, me gustaría decirle que Frida Kahlo, pero no llegamos a tanto. Un juego de bodegones de principiante, eso tal vez sí.
Esa es la familia de parte de mi mamá. La de mi papá no la veo desde mi infancia. Una infancia que, puff, horror de horrores. Goya en su época más oscura. Para decirle que la tengo toditita bajo llave en un cuarto oscuro. Padre colérico, tío insinuante, ... . No no, mejor ni hablo de ella, porque después los recuerdos se despiertan y se hacen tan fuertes que logran salir de su encierro. Luego me paso noches enteras corriendo tras ellos para volver a atraparlos y llevarlos otra vez a la oscuridad del olvido, que es donde deben estar.
Así que como ve, mi casa está de todo menos vacía. Y aunque le tenga una especie de aprecio morboso, con todo su legado emocional, he decidido que ha llegado la hora de hacer algo más que recordar. Por eso me llamó la atención este estudio, en esta zona periférica, muy lejos de mi pasado, en una casa nueva, virgen de memoria. Estoy convencida de que solo en un lugar así seré capaz de encontrar el estilo propio que estoy buscando para dibujar el resto de mi vida. Usted, que según veo debe andar por mis años, y debe haber acumulado un numero similar de recuerdos, me entiende, ¿no es así? Entonces, qué dice, ¿me lo alquila?
domingo, 12 de septiembre de 2010
Entre fantasía y realidad
Teología Perruna
Los perros, como sus parientes los lobos y los coyotes, son adoradores de la diosa A-U, creadora de todas las especies que existen y existieron en la Tierra. Según la mitología canina, hay por lo menos una deidad encargada de proteger a los seres de cada planeta. Al planeta Tierra, según esta creencia, le ha sido designada la diosa A-U, o sea a la luna, como diosa protectora que la rodea con su presencia (‘U’ significa ‘dios’ en el idioma perruno). Los seres caninos tienen la creencia de que una noche al mes, o sea en las noches de luna llena, la diosa A-U descubre su bello rostro para que todos los seres terrestres le rindan homenaje y le canten alabanzas.
Para el común de los mortales, el rito a la luna llena no es más que una repetición monótona del nombre de la diosa, que podría hacer las veces de mantra. Sin embargo aquel que se toma el tiempo y la paciencia de escuchar con atención estos conciertos nocturnos, podrá observar que existen variaciones en la entonación y el ritmo, las cuales están determinadas por lo que ese día el grupo quiera decir o pedir a la diosa. Estas variaciones son dirigidas por el líder coral, que es, regularmente, el perro más anciano del barrio.
El canto es la única forma que tienen los perros de acercarse a la diosa A-U. Solo unos escogidos han tenido el privilegio de verla de cerca, entre ellos la tan venerada Santa Laika Mártir, pero ninguno de ellos ha podido disfrutar de su presencia. Los perros creen que los seres humanos son los únicos que han sido recibido el privilegio de presentarse ante ella. Eso lo han sabido los profetas desde tiempos inmemorables y es precisamente por ello que los perros sienten tanto respeto por los seres humanos, a los que llaman con cariño WU-A-U, que quiere decir, ‘bendecidos por la diosa A-U’y les han jurado devoción eterna.
Midge
A mí que no me vengan con cuentos. Los vampiros no se alimentan de sangre sino de pizza. Miren por ejemplo a mi compañero Midge, de la residencia universitaria. Si él no es un vampiro, no se yo quién más pueda serlo. Y no me refiero a su porte gótico, es decir, el pelo teñido de negro, rostro pálido y vestuario negro. Conozco a muchos góticos y todos son gente normal, como usted o como yo. Pero Midge no, Midge era otra cosa, principiando por su absoluta intolerancia a la luz. Tenía una vida exclusivamente nocturna. Trabajaba de noche, unas veces cuidando edificios de oficinas y otras de guardia en alguno de los parqueos de la ciudad. En el día dormía o permanecía en su habitación, cuyas cortinas eran impermeables a cualquier gotita de luz que intentara ingresar en ella. Nunca lo vi en la universidad o en alguno de los lugares que frecuentaban los estudiantes durante las horas hábiles. Ya cuando empezaba a oscurecer, hacía su aparición en la cocina de la residencia, iba directo al refrigerador, sacaba una pizza congelada del congelador y la ponía en el horno. Luego se sentaba, encendía unas velas y apagaba la luz. Solo entonces se percataba de la presencia de otros compañeros de piso y empezaba a conversar con ellos. Después de unas dos horas de plática, que dejaba agotados a sus interlocutores, se iba a trabajar.
Una madrugada me desperté con sed y me fui a la cocina a tomar un vaso de agua y me encontré a Midge sentado en una de las sillas, esperando a que apareciera un interlocutor. Esa noche no había ido a trabajar. “Qué bueno que estás despierta”, me dijo emocionado, y yo pensé en contestarle que no, que realmente no estaba despierta, que en realidad estaba dormida pero que andaba sonambuleando un poco, pero no tuve tiempo ni de decir “no”, ya que, casi sin pausa, me empezó a contar el por qué esa noche no había ido a trabajar, seguido del argumento completo de su película preferida, “El baile de los vampiros”, para terminar con la queja de que uno de nuestros compañeros de piso se había comido su última pizza. Llegado ese momento suspiró con tristeza, lo que yo aproveché para escabullirme a mi cuarto, no sin antes ofrecerle mi pizza congelada a manera de ofrenda. Al llegar a mi cuarto me sentí débil. En un ratito me había succionado la tranquilidad nocturna, y, aunque pude reconciliar el sueño, el resto de la noche no hice más que soñar con él, viendo en mis sueños cómo se avalanzaba hacia el congelador para atrapar a su presa, de salami con doble queso.
Después de que me salí de la residencia lo perdí de vista. Sin embargo, ayer que me lo encontré en la parada del bus, lo reconocí de inmediato. Yo volvía del trabajo después de una jornada agotadora, por lo que me mantuve a una distancia prudencial para no entrar en su campo visual, no fuera ser que quisiera chuparme la última gota de energía que me quedaba, contándome todo lo que había pasado en los diez años que no nos habíamos visto. Estaba igual de pálido y delgado que entonces, el mismo pelo largo pintado de negro y agarrado en una colita. No había envejecido ni un solo segundo, era una copia exacta del Midge de la residencia. Caminaba inquieto de un lado a otro sin mirar a su alrededor. De repente apareció una chica, pelirroja, tan pálida y delgada como él. Se besaron un largo rato y luego se dirigieron, tomados de las manos, al restaurante italiano que estaba cerca. En eso llegó mi bus y me subí.
Miré hacia atrás y alcancé a ver que, antes de entrar al restaurante, intercambiaban una mirada llena de complicidad y sus sonrisas maquiavélicas develaban dos pares de colmillos, tan blancos como la mozzarella.
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