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sábado, 1 de julio de 2017

Cuentos para Adultos Fantásticos


disponible en Guatemala

Librería
Casa del Libro
5a. calle 5-18 zona 1
Interior Casa de Cervantes
Tel. 22321785
librosdelacasa@gmail.com
chitopacheco@hotmail.com
www.librosdelblog.blogspot.com

Editado por Editorial Alambique

martes, 26 de enero de 2016

Liberando los pensamientos negativos

Me había logrado contener durante casi media hora. Pero cabal en el momento en el que el instructor nos instaba, con voz de monje tibetano, a que expulsáramos de nuestra mente todos los odios y pensamientos negativos, mi gripe se empoderó y me hizo estornudar tan fuerte, que uno de mis pensamientos más verdes y pegajosos se quedó adherido a la punta de su nariz. Salí corriendo avergonzada. Antes de salir para siempre de su clase, lo volteé a ver. Creo que me miraba con odio


martes, 19 de enero de 2016

Nada nuevo bajo el sol

Por Tania Hernández

Mario se sienta en el sofá a la par de Damiana, agarra el control y prende la televisión.

- ¿Cómo te fue hoy?
- No muy bien. Muy poco trabajo.
- ¿Nada interesante que contar?
- Nada.

Mario cambia de canales, buscando algún programa interesante. Después de pasar varias telenovelas y teleshopings, por fin encuentra una película de acción.

- Te vi saliendo de un motel por la Roosvelt.

Él se sonroja sin voltear a mirarla.

- Cierto, llevé a unos clientes y los llegué a recoger cuando terminaron.
- Unos clientes...en taxi...ajá...

Mario se da cuenta que la película que están viendo la habían pasado ya la semana anterior.

- ¿Ves? – dice señarlando al televisor – Todo es igual. Todo se repite. Como hoy. Como siempre. Como aquella primera vez que fuimos tú y yo, ¿te acuerdas? La pareja que llevé hoy también... Fue una sensación muy extraña. Él salió del trabajo, ella lo espera a la vuelta para que los demás compañeros no los vean salir juntos. Ella llevaba una falda azul y una blusa que se podía abotonor y desabotonar y que dejaba entrever su sostén blanco. Él, nervioso, sudaba colonia por todos los poros... Me acuerdo cómo fruncías la nariz cuando te fui a recoger al restaurante, que quedaba a dos cuadras del predio.

Damiana frunce la nariz y luego el ceño. Sería una buena oportunidad para decirle a Mario que cambie de una vez ese maldito perfume. En el televisor, los amantes se abrazan y se tiran juntos a la cama. Mario agarra el control con impaciencia, pero no cambia de canal. Damiana se acurruca en una esquina del sofá, alejándose de Mario.

- Te llamé y no me contestaste.
- Sí, dejé el celular en la casa.
- Muy oportuno – piensa Damiana en voz baja, y luego dice en tono de reproche - hoy es nuestro aniversario.
- Ahh, lo siento.

En el televisor los amantes se vuelven a vestir.

- Cuando te llamé iba camino al restaurante en donde me pasaste a recoger aquel primer día. Ahora es un restaurante de lujo. Pensaba invitarte a cenar con el bono que me dieron en el banco. Llamé a Juancho para que me llevara. Al verme llorar me convenció que volviera casa. No me cobró el viaje. Dijo que era porque es amigo tuyo y porque ese era su regalo de aniversario. Al despedirnos, me abrazó y me dijo que no lo tomara a la tremenda y que había que celebrar de todas maneras. En el tono de sus palabras sentí que había lástima. Odio que me tengan lástima.

Damiana vuelve a fruncir la nariz, ahora recordando el perfume y el olor intenso del sudor de Juancho. Mario no sabe qué decir. Se levanta del sofá y va al dormitorio a buscar el celular que dejó olvidado en la mañana. Se vuelve a sentar y busca el historial de llamadas. Hay cinco llamadas perdidas de Damiana. En el televisor los amantes huyen de la policía en un descapotable. Sus perseguidores les dan alcance y los matan. En cuanto empiezan los créditos Mario apaga el televisor.

- Podemos ir el fin de semana a celebrar, si quieres.

Damiana lo mira a los ojos y se desabrocha la blusa. Él se acerca sin ganas y le besa los pechos sobre el sostén blanco. Aparte de los perfumes de siempre, encuentran las huellas de nuevos cuerpos en las pieles, tantas veces recorridas. Eso los excita, como siempre que salen a buscar olores nuevos. Se besan, se acarician, se muerden, se aprietan y, con rabia y deseos renovados, (re)hacen violentamente el amor.




jueves, 28 de marzo de 2013

Microrelatos twitteables

-Es el calor humano-,dijo el general a la prensa, recordando los ranchos, con gente incluida, que había mandado a incendiar.

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A veces extraña el sabor del amor. Ese dulce veneno que tuvo que escupir para salvarse.

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La ropa interior más púdica en el cuerpo más hermoso que he visto. La maquillé y se la llevaron a enterrarla.

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No aprendió a bailar porque la música se le quedaba prendida al corazón y por más que se movía nunca logró que le bajara a los pies.

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Debían terminar. Él lo dijo conteniendo el llanto. Ella lloraba sin entender. Sin mirarla a los ojos, sacó de su bolsillo la orden de arresto.

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miércoles, 25 de julio de 2012

Desnudos o vestidos

Antes que él llegue, desnudo mis pies. Los lavo, los suavizo con crema, camino por el apartamento, los entreno para el juego. Poco a poco los desconecto del trabajo utilitario y los libero a la sensación. Me concentro en ellos, en cada estímulo que perciben de la alfombra rugosa de la sala, del piso frío del baño, de la madera del corredor. Damián dice que le gustan mucho mis pies. Con él he ido aprendiendo lo sensible que puede ser la piel que nos sostiene. Cada punto en ella es capaz de electrizar, de despertar otros puntos de mi cuerpo. Todos nuestros juegos empiezan por los pies para, ya encendidos, recorrer con la lengua la ruta de ascenso a la oreja y de descenso hasta nuestros centros que se acomodan, se posicionan y se balancean hacia el orgasmo. A Damián le gustan mis pies desnudos y vestidos. Los viste con calcetines de nailon, de algodón, de lana. El calor que provoca cada material es otro, así como el roce con que estimulan cada uno de los vellos del cuerpo. Los pies, la piel que los cubre, los calcetines que los arropan, se han vuelto tan nuestros, que ya no puedo salir a la calle con sandalias. Siento como si me estuviera entregando a otros, como si estuviera exhibiendo perversamente mi desnudez. Por eso me enojé tanto cuando Damián me contó que había conseguido trabajo en una zapatería. La idea de que estuviera viendo pies ajenos me volvía loco. Son zapatos de mujer, me dijo, y no cualquier zapato, son Loubutin. Nunca he sido mucho de modas, así que me sonaba a chino. Un día llegó con uno de los stilletos para mostrármelos. Doce centímetros de tacón. Los puso sobre la mesa como ésta fuera un altar. No sé como hizo para conseguir unos de mi talla. Me puso primero unas medias de seda negra, y luego, con mucho cariño y cuidado me los calzó. Me hicieron daño casi al instante. “El dolor también es una sensación”, me dijo Damián mientras los acariciaba, “una ofrenda al placer del milagro estético”. A mí me gusta experimentar, probar nuevas cosas, andar nuevos caminos, pero el dolor no es lo mío. Me los quité y se los puse a él. Calzamos lo mismo. Por más que quiso hacerse el fuerte, él tampoco los aguantó. Fueron las medias de seda las que salvaron la noche. Dejó el trabajo y Loubutin. Ahora, gracias a su nuevo trabajo y a Wolford y Palmers, seguimos probando nuevas texturas.




lunes, 9 de julio de 2012

Helado

Llego tarde al café. Estás sentado en una de las sillas de afuera. Me saludas señalándome el reloj. Me disculpo dándote un beso en la mejilla y cuidando que, al retirarme, tengas una visión profunda de mi escote. Funciona. La imagen de mis senos apenas cubiertos por mi blusa de tirantes, ha trasladado el discurso y el reclamo a lugares secundarios de tu mente. Me regalas una sonrisa tan hermosa, que en lugar de helado, quisiera comerme tu boca. Me siento y llamo al mesero. Un helado de chocolate y mango, por favor. Te pregunto cómo te fue en el trabajo. Me cuentas algo de proyectos y reuniones, y yo apenas te escucho mientras libero mi pie de la sandalia, y - qué bueno, tienes un pantalón amplio y oscuro y qué bien que se les ocurrió poner mantel - mi pie acaricia el cierre de tu pantalón. Tartamudeas un poco, carraspeas, te sonrojas, te ves tan dulce mi amor. Dejas de hablar, y yo dejo de acariciarte, y te cuento un poco de mi día, del nuevo compañero que entró hoy a trabajar, - qué lástima, no te pones celoso – y llega mi helado, y siento ahora tu pie que explora mi pie, y mi pantorrilla y levanta la falda que me llega a la rodilla, y sigue subiendo y – maldición – se me cae el helado sobre el escote, mango sobre mi pecho, tú sonríes y - ya sé que te gustan mis pechos - te digo que esperemos, que comamos en paz, pero de de prisa, me limpio el escote, respiro profundo, y ahora sí, hablamos del día, del clima, del fútbol, de la madre y el padre que los parió. Seguimos alerta, ya el helado está rico, pero no quita el calor.

Pides la cuenta. De forma muy teatral dejo que caiga el último poco de helado sobre mi pecho, cuidando que en su camino derritiéndose no manche mi blusa. Te digo que iré al baño a quitármelo. Tú asientes, cómplice. Desde el pasillo veo como te levantas, vas hacia el mesero que se estaba tardando con la cuenta, pagas, y te diriges hacia los baños del café. Aquí adentro esta más fresco y un poco oscuro. No esperas mucho y lames el helado que aún cubre mis senos y se adentra por el sostén - menos mal un sostén negro – y mientras tu lengua va sobre mis pechos, tu mano va ya bajo mi falda, entre mis piernas – ayyyy – veo que hay otra persona que viene en nuestra dirección, te aparto y ahora sí, entro al baño, - ufff qué calor – el agua fría de la toalla de papel se evapora instantáneamente sobre mi piel.
Salgo y veo que has comprado medio litro de helado de mango para llevar. Tienes las llaves del auto en la mano. Saco mi llavero, te miro a los ojos, paso cortamente, sugestiva, la lengua por la llave de mi apartamento, te tomo de la mano y salimos en dirección al estacionamiento.







lunes, 2 de julio de 2012

Las penas con pan son buenas

A Don José de Riva y Vidaure le gusta consumir tres veces por semana penas ajenas. Tiene algo de tranquilizador. Las ve, las pone a la par de las suyas que, en comparación, son chiquititas, las unta sobre un pan, se las lleva a la boca, las saborea, las mastica y luego las escupe. Desde muy pequeño aprendió que si se mordisquean, o peor aún, si se las traga, pueden emanar una sustancia extraña que hacen que después se pase varios días con mal sabor de boca y unas ganas extrañas de llorar.





jueves, 31 de mayo de 2012

Doña Luz

A veces hay que dejar que la lluvia cubra la isla, que la inunde. Con esa frase me explicó  Doña Luz los ojos rojos e hinchandos que tenía ese día. Había llorado mucho y apenas escampaba cuando me abrío la puerta. Me invitó a pasar a la sala, para que pudiera esperar a Eliseo. Siempre llegaba tarde de los entrenos, y más en épocas de campeonato. Yo me senté en el sofá, ella trajo té para las dos y me empezó a platicar. Se había pasado toda la noche anterior leyendo las cartas que tenía en su caja de recuerdos. Había tenido varios amantes. No me contó cuantos, pero sí que los tenía ordenados en paquetitos, cada uno conteniendo, aparte de las cartas, fotos, dibujos en servilletas, tarjetas de cumpleaños y tickets de entrada al cine, al teatro y a conciertos. Lo único que no guardaba eran invitaciones a las bodas. Sí, me dijo rabiando, hay algunos que se atrevieron a invitarme a sus bodas. Yo también me casé, siguió contándome, pero una sola vez. Después de tener a la mamá de Eliseo me di cuenta que no estaba hecha para estar en familia. Aguanté dos años y luego me fui. Mi hija todavía no me lo perdona. Regresé cuando ella tenía trece y su papá había muerto. Nunca nos llevamos demasiado bien. A los dieciocho ella se fue a vivir con el papá de Eliseo, y yo volví a ser libre. No se crea, no han sido tantos, me dijo como disculpándose. A mí me gustan las historias largas, prosiguió, siempre y cuando no tengan pretensión de eternidad. Tal vez la miré con ojos preocupados, porque me dijo, no se preocupe, me parece que Eliseo no heredó mi soltura. Él salió a la madre. Tanto se parecen que se pelearon y por eso él se vino a vivir conmigo. Yo acepté porque me cae muy bien el muchacho. Es muy dulce, como usted ya sabe. Pero ya me empieza a ahogar. No puedo salir con libertad, porque siento que tengo que darle el ejemplo. Tal vez quiero intentar ser con él la madre que no fui para mi hija, pero me temo que no se va a poder. Ya hasta siento que la piel se me agrieta porque me estoy quedando seca de historias. Hace rato que nadie me toca. Por eso me puse a leer las cartas ayer, a ver las fotos. A tristear por lo que fue y por lo que no fue. No quiero olvidarme de que este cuerpo sirvió para algo más que para los achaques y las medicinas. Tenía que llorar para humedecerme por dentro. Quiero inundarme de nostalgia para recordar que vivo. Se levantó para traer la caja que guardaba bajo llave en su closet. Agradecí que entonces llegara Eliseo y la conversación acabara. No quería darle rostros ni letras a las historias de Doña Luz. Ellos no me interesaban. Me interesaba ella. Al mes de esa conversación corté con Eliseo. Él quería una relación para siempre y a mí me gusta ser libre. Poco después Eliseo volvió a vivir en casa de su madre. A veces Doña Luz y yo nos tomamo un té en la terraza de su casa, nos contamos nuestras historias y nos reímos cuando algún día, por casualidad, coincidimos en la lluvia y los ojos rojos. Ya me compré mi propia caja de recuerdos. Yo también soy una isla.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Larissa

Esta casa es mágica, me dice Larissa. Hay escaleras que se mueven, puertas que se abren a corredores interminables, balcones de los que uno brinca y se cae para arriba. Sus historias me parecen una combinación de Carrol y Rowling, pero esa es mi referencia no la de ella. Por lo menos eso creo. Nadie tiene el patente de lo fantástico. Larissa sigue contándome de sus aventuras por la casa, de la gente que ve, de la gente con la que habla, de los perros, los gatos, los loros. Todos viven acá, pero no se conocen. Hay mucha gente, muchos animales, muchos muebles. La casa es muy grande, hacia adentro. Esa es la conclusión a la que ha llegado. Pareciera que tiene necesidad de explayarse en detalles, de hablarme de monstruos buenos y humanos malos, de niños que nacen al revés y por eso no encuentran la vida, y de la tristeza de las despedidas que cubren las paredes.

Apenas tiene diez años y sabe más de la vida que yo a mis cuarenta. O de la gente más bien. Es porque la casa es mágica, me aclara, ella me cuenta mucho. Me invita a seguirla por unas escaleras que aparecen de repente y que cruzan misteriosamente las paredes de mi cuarto. Te podría mostrar mi tiempo y otros tiempos. Le respondo que no, que me da miedo quedarme con ella al otro lado y no volver jamás. Ella dice que la del otro lado soy yo. Sonríe. Y corre por la escalera que desaparece con ella.





jueves, 12 de abril de 2012

Ríos que van al mar

Ella era río. Él la quería lago, laguna, charco. Limitó sus pasos. Limitó su risa. La represó. No habrían más amistades, ni familia, ni vecindad, le dijo. Toda su energía, toda su adoración, debía ser para él. Pero hay voluntades que no se doman, fuerzas que no se aplacan, y, un día, un día que su tristeza llovió y llovió a mares, su deseo de libertad subió el nivel de su fortaleza y, en un solo instante, su decisión comenzó a inundarlo todo, a abarcarlo todo, la cocina, la sala, la cama... en especial la cama. Las sábanas quedaron en tiras, la cocina inservible, los platos rotos. Cuando él volvió del trabajo no quedaba mucho más que pedazos de desolación con olor a sal y un pequeño caracol en el que se oían las olas violentas de un mar en retirada.




"Yemenya" de la artista chilena Yvonne
http://ivonnencolores.blogspot.com/

viernes, 30 de marzo de 2012

En defensa propia

Cuando el hambre ataca, toca defenderse con todo, con uñas, con dientes, usted ya sabe. Porque una vez logra agarrarlo a uno, no lo suelta hasta no dejarlo sino en los puros huesos. No es que no la conociéramos. La conocíamos de antes, pero entonces todavía era chiquita. Cabroncita, eso sí, porque se aparecía de repente, y nos daba unos sustos que ni le cuento. Venía en las sequías, en las tormentas, en el granizo. Pero siempre lográbamos hacernos los quites para que no nos mordiera duro. Porque entonces teníamos buena semilla, buen café. Eso nos decían, porque nosotros nunca lo probamos. El señor del ingenio al que le vendíamos nos lo quería revender bien caro, ni siquiera porque nosotros lo cosechábamos nos lo daba al costo. Nosotros sólo el más barato tomamos siempre. Y bien aguado porque así nos alcanza más. Un poco de café y unas tortillas, y a trabajar. Así logramos el día.

jueves, 1 de marzo de 2012

Ana







“Si dejara de ser sonámbulo
Me extrañaría Ana”
Eliseo Subiela


Era de noche, hacía frio y Ana estaba allí para salvarme. Yo sabía que dormía, más aún, que alucinaba. Pero era un sueño tranquilo, suave, de esos que te hacen cerrar fuerte los ojos para que no se abran con el día y así le de tiempo a tu mente a que los guarde, con los guantes puestos, en el cajón de los recuerdos. Quedaba todavía mucha noche y mucha fiebre. Las alas de Ana estaban dispuestas al vuelo, tan dispuestas como su cuerpo que aterrizaría pronto de su propio sueño, pero que ahora se asía al mío para evitar caer en las profundidades de la nada. Daba saltitos, de repente, cada vez que la madrugada rozaba sus antenas, pero - lo repitió varias veces – había venido a salvarme. De eso estaba segura. Levantamos el vuelo con sus alas y bailamos en el aire al ritmo del jazz que impregnaba el viento - lo cual era inverosimil, porque siempre he sostenido que el jazz no es para bailarse, por lo menos no así, agarrados, pegados, cheek to cheek, pero ¿hay otra forma de bailar volando? -. “Let's do it” nos elevaba mientras íbamos dejando abajo a un grupo de personas vestidas de negro, presididas por mi madre, que rezaban por sus muertos y por sus vivos – mi madre estaba entre los muertos, pero yo aún no lo sabía - unos rezos extraños que más que palabras eran murmullos y en conjunto sonaban un poco como a música de programas infantiles ta-tára ta-ta-ta-ta ta-tára ta-ta-tá. Alguien mencionó en voz alta el nombre de Gonzo, que era como me llamaba Ana cuando éramos niños. Ana, vió que me sentía aludido y sentenció: "Yo no sueño con idiotas inmaduros." Entonces me dejó caer.

Desperté.

Aún antes que las sombras se volvieran gente, intuí que Ana estaba en el cuarto. Había llegado a verme al hospital. Entre la niebla que presidió a la conciencia, distiguí su silueta seductora. Las alas abiertas eran señal inequívoca de que, por fin, me había perdonado. 






martes, 21 de febrero de 2012

Canción de niños


Una putita triste tralalá, dos putitas tristes tralalá - cantaba alegre la niña mientras saltaba sobre un avioncito dibujado en la banqueta de la casa celeste, cuya puerta negra con marco blanco marcaba la mitad exacta de la calle, entre esquina y esquina. Tan celeste como Sophie y su familia la habían dejado muchos años atrás. La visitante se acercó con cuidado a la niña, para no asustarla, y le preguntó si sabía quiénes eran los nuevos dueños. Los nuevos nuevos, no sé, respondió amable la niña, pero antes había mucha gente. Luego bajó la voz y agregó como en secreto: dicen que allí  desnudaban a las niñas de su dignidá y después las hacían película. Cerciorándose de que nadie más que yo la había escuchado, retomó su tono de voz normal y sentenció: cuando sea grande voy a ser actriz de devedé. Sonrió y siguió cantando y saltando como si nada. Sus rizos y su falda brincaban a destiempo con su cuerpo, como si cada uno quisieran bailar por su cuenta. Sophie volvió a sentir esa terrible urgencia de escapar de esta realidad que permite a las peores cosas reproducirse al infinito. Cerró los ojos y respiró profundo. Siguiendo el consejo del sicólogo, acarició sobre las mangas las cicatrices en sus muñecas. Efectivamente se tranquilizó. Cuando abrió los ojos, vio que la niña la miraba extrañada. Gracias, le dijo, y caminó de vuelta a la estación. Sin embargo no fue sino hasta que el bus llegaba casi a la ciudad, que se sintió a salvo. Su apartamento. Su cama. Su almohada. Estaba cansada, pero por si acaso se tomó un tranquilizante. La pastilla surtió efecto, y le permitió conciliar el sueño tan rápido, que no le dio tiempo de pensar en nada más. Pero el sueño fue demasiado profundo, y demasiado largo, principalmente la parte en que vio de nuevo el rostro de su tío que cantaba alegre y lujurioso "una putita triste tralalá, dos putitas tristes tralalá".







martes, 14 de febrero de 2012

Muerte anunciada

Las palabras ya no me sirven, se me han quedado huecas. Intentaron convencerte de que abjuraras de tu plan de hacerte martir. "Amor que mata nunca muere", cantabas, y pensabas y decías que Sabina era un romántico, y pensabas y decías que Él era un romántico, cuando te llamaba suya ... Julieta, Ofelia, Bess, sí, todo muy romántico. Volviste a él una y otra vez, embriagada de pasión, hasta que te rompió, como al cántaro insistente. Ilusa de cuerpo y alma. Ilusa. Ilusa yo que creí que las palabras cambiarían algo. Ahora que no existes, ya no sé qué hacer con las palabras que aún te nombran: amiga, hermana, Laura. Las palabras, mis palabras, han perdido todo sentido. Es probable que nunca lo tuvieran. Sin embargo hoy, como antes, la rabia no me deja callar.




jueves, 26 de enero de 2012

Profecías

No es necesario que lo digas, ya sé que será una mentira, me dijo la Vidente. Yo me puse triste, porque en ese momento estaba seguro que la quería. Le entregué la flor, con un mensaje de despedida y sin mediar palabra salí de la habitación. Te arrepentiraaaaás, fue lo último que le escuché. Pero esa profecía tampoco se la quise creer.

Para J__P



miércoles, 26 de octubre de 2011

De Luna y de Miel

Aquello nunca fue luna. Aquello nunca fue miel. La miel estaba en la boca del otro, en el sabor del otro, en las manos del otro.

No en Juan. A Juan lo quiso alguna vez. Lo quiso porque había que quererlo. Porque lo decían todos, porque lo decía la Biblia, porque lo decía el pastor. Y el pastor había dicho que Juan era bueno para ella. Que Juan era bueno. Punto. No importaba que la luna de miel no le supiera a nada. Que su piel no brillara bajo su mirada. Que fuera burdo y distante. Honrarás a tu esposo. Y le servirás. Y lo respetarás.

Y ¿Pablo? Por qué nadie le dijo que era posible Pablo. Ella también debía respetar a Pablo. Porque hay que respetar al jefe. Eso decían todos. Hasta su madre. Hasta el pastor. Y ella lo respetaba. Respetaba sus besos. Respetaba sus manos. Respetaba sus caricias, el bello que le cubría las piernas y el vientre, el sudor que le humedecía la piel cuando la amaba.

La luna despertó la noche y le hizo descubrir que su piel podía ser dulce, que el azúcar que se fundía en sus labios, todos sus labios, era bebible. La noche lo sabía.

Pablo lo sabía. Y se enloquecían juntos, sobre la cama, y las sábanas blancas, blancas de luna, en el motel de lujo.

Juan no. Juan ya no era bueno. Ya no olía a bueno. Ya no sabía a bueno. Odió a Juan. Odió su olor. Odió su sabor. Su roce le hacía daño. Empezó a esquivarlo, a dormir con la niña, a tener frío para no desnudarse.

Y entonces ... Pablo: no, esto no puede seguir, mi esposa ...

¿Y ella? Pero si para ella: Juan ya es no bueno. Juan ya no huele a bueno. Juan ya no sabe a bueno. Odia a Juan. Odia su olor. Odia su sabor.

Aún logra esquivar a Juan, y en noches de luna llena, se encierra en el baño, unta con miel sus pechos, su vientre, sus labios, y después de llorar, después de la catarsis, vuelve a respirar, a olerse hermosa, a sentirse hermosa.

Juan ya no.

Tampoco Pablo.

Ahora, respeta su cuerpo. Ella y la luna, por ahora bastan.

ELLA.

martes, 11 de octubre de 2011

Hechos Polvo

- ¡Vos te creés la gran cosa y no sos nada, no servís pa’ ni mierda! -. Marielena miró a su amante con tristeza. No se asustó ni cuando vio levantarse la mano amenazadora. No era la primera vez que sucedía, y ya sabía lo que le esperaba. Como las otras veces, decidió concentrarse en los últimos movimientos de la boca que aún escupía palabras. Cayó la mano levantada, cayó la boca furiosa, cayeron las palabras. El cuerpo de su amante se fue desmembrando, desdibujando, desintegrándose frente a sus ojos. Solo polvo y arena quedó de él sobre el suelo. Ella recogió la arena, la metió en un frasco y se encaminó a la tienda. - Éste también me salió malo - le dijo Marielena al dependiente dándole el frasquito con más decepción que rabia. El hermoso joven la miró enojado y casi le gritó - pero, qué le hace usted a los pobres muchachos que no le duran nada. Un par de días y ya los trae arruinados. ¡Esto ya no es normal, Señora! -. Marienlena lo miró detenidamente. Al concluir el escrutinio visual pidió hablar con la dueña. Triste, muy triste, murmuraba para sí, cuando llegó doña Celia - Ay doña Máriel, qué pena - le dijo la propietaria y señalando al dependiente agregó en voz baja - mire si usted quiere se puede llevar éste. No está tan nuevo, pero es el último que me queda -. Marielena tomó el brazo del chico, le subió la manga de la playera y le mostró a la dueña una herida de la que ya empezaban a brotaban granitos de arena. - ¿Ya vio, doña Celia? Esto es lo que le digo. Todos están defectuosos. - El tipo apartó el brazo indignado. Doña Celia le hizo señas para que se calmara. – Ay de veras, doña Máriel, tiene usted toda la razón. No me había fijado. Pero no se preocupe. Si quiere le devolvemos lo invertido. Hoy mismo mando un fax de reclamo y ya va a ver que en menos de una semana le tengo aquí unos buenos, nuevitos y hasta mejorados. -  Marielena asintió sin decir nada, se despidió más triste de lo que había llegado y se encaminó a casa. El corazón que le habían devuelto suspiraba soledad sobre su mano.  





Miguel Bose - No hay ni un corazon que valga la... von Warner-Music