martes, 19 de enero de 2016

Nada nuevo bajo el sol

Por Tania Hernández

Mario se sienta en el sofá a la par de Damiana, agarra el control y prende la televisión.

- ¿Cómo te fue hoy?
- No muy bien. Muy poco trabajo.
- ¿Nada interesante que contar?
- Nada.

Mario cambia de canales, buscando algún programa interesante. Después de pasar varias telenovelas y teleshopings, por fin encuentra una película de acción.

- Te vi saliendo de un motel por la Roosvelt.

Él se sonroja sin voltear a mirarla.

- Cierto, llevé a unos clientes y los llegué a recoger cuando terminaron.
- Unos clientes...en taxi...ajá...

Mario se da cuenta que la película que están viendo la habían pasado ya la semana anterior.

- ¿Ves? – dice señarlando al televisor – Todo es igual. Todo se repite. Como hoy. Como siempre. Como aquella primera vez que fuimos tú y yo, ¿te acuerdas? La pareja que llevé hoy también... Fue una sensación muy extraña. Él salió del trabajo, ella lo espera a la vuelta para que los demás compañeros no los vean salir juntos. Ella llevaba una falda azul y una blusa que se podía abotonor y desabotonar y que dejaba entrever su sostén blanco. Él, nervioso, sudaba colonia por todos los poros... Me acuerdo cómo fruncías la nariz cuando te fui a recoger al restaurante, que quedaba a dos cuadras del predio.

Damiana frunce la nariz y luego el ceño. Sería una buena oportunidad para decirle a Mario que cambie de una vez ese maldito perfume. En el televisor, los amantes se abrazan y se tiran juntos a la cama. Mario agarra el control con impaciencia, pero no cambia de canal. Damiana se acurruca en una esquina del sofá, alejándose de Mario.

- Te llamé y no me contestaste.
- Sí, dejé el celular en la casa.
- Muy oportuno – piensa Damiana en voz baja, y luego dice en tono de reproche - hoy es nuestro aniversario.
- Ahh, lo siento.

En el televisor los amantes se vuelven a vestir.

- Cuando te llamé iba camino al restaurante en donde me pasaste a recoger aquel primer día. Ahora es un restaurante de lujo. Pensaba invitarte a cenar con el bono que me dieron en el banco. Llamé a Juancho para que me llevara. Al verme llorar me convenció que volviera casa. No me cobró el viaje. Dijo que era porque es amigo tuyo y porque ese era su regalo de aniversario. Al despedirnos, me abrazó y me dijo que no lo tomara a la tremenda y que había que celebrar de todas maneras. En el tono de sus palabras sentí que había lástima. Odio que me tengan lástima.

Damiana vuelve a fruncir la nariz, ahora recordando el perfume y el olor intenso del sudor de Juancho. Mario no sabe qué decir. Se levanta del sofá y va al dormitorio a buscar el celular que dejó olvidado en la mañana. Se vuelve a sentar y busca el historial de llamadas. Hay cinco llamadas perdidas de Damiana. En el televisor los amantes huyen de la policía en un descapotable. Sus perseguidores les dan alcance y los matan. En cuanto empiezan los créditos Mario apaga el televisor.

- Podemos ir el fin de semana a celebrar, si quieres.

Damiana lo mira a los ojos y se desabrocha la blusa. Él se acerca sin ganas y le besa los pechos sobre el sostén blanco. Aparte de los perfumes de siempre, encuentran las huellas de nuevos cuerpos en las pieles, tantas veces recorridas. Eso los excita, como siempre que salen a buscar olores nuevos. Se besan, se acarician, se muerden, se aprietan y, con rabia y deseos renovados, (re)hacen violentamente el amor.




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