viernes, 4 de marzo de 2011

Marcela

Arturo pasa frente al cuarto de baño. Cierra brevemente los ojos para imaginar:
  • el agua humedeciendo, gota a gota, el cuerpo de Marcela
  • el torrente acuoso que recorre su piel morena, descubriendo cada uno de sus pliegues, los que, a su paso, van adquiriendo, uno tras otro, el olor de las rosas
  • dos manos que enjabonan los senos prominentes, los pezones erigiéndose ante la suave caricia femenina
  • Marcela con los ojos cerrados, sincronizando telepáticamente el movimiento de su mano hacia la entrepierna con la mano que Arturo está introduciendo en el pantalón de lona

De pronto alguien abre la puerta del apartamento. Es Susana que ha vuelto de comprar pan para el desayuno. Un viento cómplice ingresa abruptamente en la casa y abre, milagrosamente, la puerta del baño. Por unos minutos, Arturo se queda absorto, mirando la ropa interior negra, de encaje, que reposa inocente pero seductora sobre el vestido de lino, que espera, impecablemente doblado, el momento de tomar forma femenina, de insinuar, muy sutilmente, las deliciosas curvas de Marcela.

Los pasos de Susana se acercan. Arturo corre al dormitorio. Cierra la puerta con el peso de su cuerpo. Está tan exitado que no necesita mucho para llegar. Toma un pañuelo de papel de su bolsillo y eyacula sobre él. ¡Qué alivio! Se sube el pantalón y va hacia el baño. Marcela ya ha salido. Entre el vapor que aún queda sigue atrapado el olor de mujer ajena mezclado con el familiar aroma de rosas del jabón de Susana. Arturo tira el pañuelo de papel, se lava las manos y la cara. Sale espléndido, renovado.

Durante el desayuno
  • evita ver a Marcela a los ojos
  • evita ver el escote, las manos, cualquier parte de Marcela
  • toma el periódico, finge que la conversación de mujeres no le interesa y responde con monosílabos a todo lo que le preguntan
  • toma rápido el café y un pan, y se va alegando tener una reunión urgente en el banco
Las chicas se quedan todavía un rato en la mesa platicando, antes de marcharse cada una a su trabajo. Marcela le comenta a Susana, que su marido la mira raro, que pareciera que por alguna razón ella le cae mal. Susana la consuela diciendo que no le haga caso, que Arturo, como todo matemático, suele ser un poco extraño. “Tal vez me rechaza por gorda”, piensa Marcela. “Tal vez la rechaza por gorda”, piensa Susana, y al decírselo mentalmente, aumenta dos centímetros de talle de puro orgullo. Mientras tanto, Arturo maneja al trabajo, acariciando el timón como si fueran las caderas de la nueva amiga de su esposa. Piensa que ojalá Marcela no se reconcilie pronto con su esposo, para que siga durmiendo algunas noches más en el cuarto de al lado.

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